Martes 19 de Julio de 2005

La mímica imaginaria:

Buenos Aires en el museo de la globalización.


Allá lejos y hace tiempo, en un lugar del mundo donde el mundo terminaba, existía una ciudad que copiaba a otra ciudad del centro.  En cierta medida la copia tuvo éxito.  La gente que vivía en aquella ciudad de la periferia, adicta a la mímica, terminó viviendo dos vidas al mismo tiempo.  Una era la vida cotidiana, con todas sus necesidades, deseos y decepciones.[1]  La otra era una vida fantasmal. En ella desfilaban las sombras de una existencia cuyo secreto estaba en otra parte, en la ciudad del  centro.  El  lado de allá era el espectro del lado de acá.  O viceversa.  Llegaron a no saber quién era el fantasma de quién. 

El año era 1910.  Acá era una mañana de verano. Un hombre joven se paró en una esquina bajo la fronda de un plátano. En la esquina había un café, con mesas redondas, de hierro y mármol blanco, y sillas de madera doblada marca Thonet[2].  Acababa de comprar el periódico en un quiosco.  Hizo señas a un taxi.  Cuando el coche se detuvo, dirigió su mirada a la acera de enfrente y vio a una pareja sentada en un banco de la vereda.  Arrojaban miguitas a los gorriones[3].  Mientras él subía al taxi, otro hombre joven, con un diario bajo el brazo, en otra ciudad muy distante, cerca de un café con sillas Thonet, subía a un taxi idéntico[4]. Una pareja arrojaba miguitas a idénticos gorriones en la vereda de enfrente, plantada de plátanos desnudos. Allá era una tarde de invierno. 

Así vivía un número incontable de hombres, mujeres y gorriones que se asemejaban, que hacían las mismas cosas, en dos ciudades separadas por un inmenso espacio y por la asincronía de las estaciones.  Muchos de ellos respiraban en un universo de infinitas copias, como linternas encendidas entre dos espejos.  La imaginación rebotaba de un lado al otro, y sus vidas transcurrían en una serie vertiginosa de imágenes y pensamientos reflejados. 

En la ciudad de la mímica, algunos niños de clase alta aprendían a hablar primero en el idioma de la otra ciudad[5], aquella distante e imaginada ciudad del centro.  La precoz competencia de esos niños no dejaba fuertes trazos en la lengua modelo, pero sí tenía algunos efectos curiosos en su segundo lenguaje, que era su lengua materna.   

A veces, temprano o tarde en sus vidas, los ciudadanos de la copia viajaban a la ciudad original.  Cuando llegaban y visitaban la gran urbe por primera vez, les sucedía algo extraño: la recordaban.  Entonces se mezclaban, desapercibidos, en la vida tumultuosa de la gran ciudad, como si hubiesen vivido siempre en ella.  

Con frecuencia, la copia era más pura que el original, una fachada menos fatigada por el uso, los accidentes, el roer del tiempo.  El visitante se expresaba en términos que sonaban demasiado correctos.  Sus modales eran más impecables que los de sus anfitriones; su porte tenía la rígida prestancia de un maniquí en la vidriera, sin  la habitual soltura  callejera.  Al final, cuando el viajero volvía a su tierra, si volvía, durante un tiempo se sentía desterrado.[6] 

En ese mundo de imágenes especulares, muchas cosas se veían invertidas: la lengua materna no venía en primer lugar, sino en segundo; las estaciones se sucedían al revés; los puntos cardinales tenían una significación opuesta: “norte” sugería “frío” en un lugar, y “calor” en el otro; “sur” era el Midi de los franceses, y apuntaba a las playas del Mediterráneo; para los argentinos o los chilenos indicaba el viento helado de la Patagonia. A los viajeros sudamericanos las primeras visitas a Europa les parecían regresos; la repatriación a su continente, un exilio. Los viajeros europeos que visitaban un país como la Argentina se mostraban un poco decepcionados por la ausencia de exotismo, pero muy reconfortados al reconocer que la modernidad no tenía fronteras[7]. La reproducción artística, ideológica, arquitectural les parecía a algunos un hecho más genuino que la originalidad. 

Dos ciudades, una espejo de la otra, situadas en las antípodas.  Su relación producía a veces contrastes, y otras veces un sentido de continuidad, rayano en la eternidad, aún más desconcertante.  Por ejemplo, en cada ciudad la liturgia cristiana respetaba el mismo calendario, pero las estaciones estaban invertidas.  Ayunos y banquetes se celebraban en medio de la nieve en un lugar y bajo el sol ardiente en el otro.  Para la Navidad se cocinaban idénticos pavos, se descascaraban las mismas avellanas, se descorchaba el mismo champán, con la misma etiqueta de Pommery o de Castellane en las dispares latitudes.  Pero en una ciudad las familias se reunían frente a la estufa o al fuego del hogar y en la otra bajo el fresco de un ventilador. 

Los privilegiados que viajaban entre estas dos ciudades durante el equinoccio podían pasar todas sus vidas conociendo sólo dos, y no cuatro, estaciones.  Quienes gustaban del buen tiempo, la belle saison, podían pasar la primavera y el verano en una ciudad, y luego repetir la secuencia en la otra.  Quienes, más ávidos de cultura, no querían perderse la temporada de ópera y teatro en una y otra ciudad, vivían en un eterno repetir de otoño-invierno.[8]  Si la naturaleza revivía en primavera, en las ciudades, la cultura renacía con cada otoño, cuando la iluminación eléctrica suplía la falta de sol, cuando el canto de las divas[9] reemplazaba al de los pájaros, los actores representaban sus papeles y el vino y la buena mesa calentaban estómagos, cerebros y corazones.  Las estaciones eran parte del menú de los viajeros inter-hemisféricos. 

Sedentarios o viajeros, estáticos o movedizos, los personajes de la época se sentían repetidos muchas veces, y también se repetían sus lugares y circunstancias: momentos, monumentos, pensamientos, modas, interiores y exteriores.  Todas esas repeticiones, imágenes de espejos, copias múltiples, movimientos de un orden inmóvil, hoy pueden parecer cómicos, tristes, hasta abyectos.  Pero para quienes los vivían, copiantes y copiados, era una juego válido.  Se interesaban los unos en los otros porque todos querían alcanzar las mismas formas.  En el fondo lo que les importaba no era la ciudad original, París, que llamaban la capital del siglo[10], ni la ciudad imitadora, Buenos Aires, que llamaban la capital de extrema Europa, sino una tercera ciudad invisible, universal, ideal.  Esa ciudad no estaba en ningún lado.  Era un sueño, y todos lo soñaban.  El sueño de la modernidad global.

[1] Recomiendo el libro de la historiadora Francis Korn, Buenos Aires: mundos particulares (Editorial Sudamericana). Entre otras cosas, rescata la infancia de un niño en la década del diez, una inundación en la Boca, los secretos que guarda el censo nacional de 1895, la inauguración de la Avenida de Mayo y una caminata de Carlos Pellegrini, estadista y artífice de la mímica imaginaria. Es la historia de una modernización acelerada  durante una globalización anterior,

[2] Michel Thonet (1796-1871), gran precursor del mueble moderno industrializado.

[3] El mobiliario urbano, los plátanos y los gorriones fueron importados de Francia por el intendente Torcuato de Alvear para la remodelación de Buenos Aires.

[4] Muy probablemente un Renault tipo taxi, Landaulet AG, modelo 1905,  que después sería requisicionado, con el resto de los taxis de Paris,  por el General Galliéni para transportar tropas de infantería en la primer gran ofensiva francesa en el río Marne, en septiembre de 1914.  Hoy varios  “taxis de la Marne” están en exhibición en la sede central del Automóvil Club Argentino sobre la Avenida Libertador en Buenos Aires.

[5] Como lo atestigua Victoria Ocampo en su Autobiografía,, Buenos Aires: Sur,  6 vols., 1979-1984.

[6] Después de ir a Europa y volver muchas veces, el General Lucio V.Mansilla, sobrino del General Rosas --dandy, diplomático, militar de la frontera, y escritor-- decidió terminar sus días en Paris. A partir de 1906 se radicó en “la ciudad de allá.” Frecuentaba la  Sorbona y seguía siendo un lector atento e incansable. Murió poco antes  de cumplir los ochenta y dos años en su departamento de la Rue Víctor Hugo (Paris 16éme), el 8 de octubre de 1913. Los diarios de Buenos Aires le dedicaron  extensas notas necrológicas y Le Figaro de París le dedicó una de sus  páginas.

[7] Ver Jules Huret,  De Buenos Aires al Gran Chaco, Hyspamérica, Madrid, 1911 (1ra. ed. en francés y  español: 1911).

[8] La aristocracia agropecuaria argentina hizo construir casas suntuosas (hotels particuliers) del mismo estilo en el Parc Monceau de París y en la Avenida Alvear, en la Plaza San Martín,  o en el Barrio Parque (Palermo Chico) en Buenos Aires.

[9] Ver Ovidio Lagos, La pasión de un aristócrata.  Regina Pacini y Marcelo T. De Alvear, Buenos Aires: Emecé, 1997.

[10] Walter Benjamin, “París: Capital of the Nineteenth Century,” (1935) en Reflections, New York: Harcourt Brace, 1978

Por Juan Eugenio Corradi

 

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