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Las
blancas y las Negras Durante los últimos diez
días algo quedó definitivamente deteriorado en el artefacto de poder que
Néstor Kirchner venía construyendo desde mayo. El conflicto desatado con
su vicepresidente, Daniel Scioli, y la forma empleada por el santacruceño
para repararlo pusieron de manifiesto sofocados desperfectos que el
dispositivo presidencial
acumulaba desde su puesta en marcha. Paralelamente, la derrota
de Aníbal Ibarra en la primera vuelta de las elecciones porteñas se
convertía en un fuerte revés a la imagen de un respaldo sin fisuras de la
opinión pública a los deseos presidenciales: Kirchner apostó fuerte por
Ibarra en la Capital Federal y confrontó agresivamente con Mauricio Macri,
a quien describió como encarnación
del Mal y símbolo de los
años noventa, y no consiguió evitar que 4 de cada 10 porteños (
particularmente los más jóvenes) convirtieran al empresario en el claro
triunfador del primer round. En su choque con Scioli,
Kirchner quiso poner nuevamente en escena un número que le dio
satisfacciones anteriormente: la imagen de un presidente que fulmina y
castiga a quienes se le oponen o a aquellos a quienes atribuye vínculos
conspirativos con lo que él define como el pasado. El vicepresidente
siempre fue, en tal sentido, sospechoso de este último pecado por sus antecedentes menemistas e
incurrió en el primero tanto por sus vinculaciones con sectores del
empresariado como por sus declaraciones sobre la inconstitucionalidad de la
anulación de las leyes de punto final y obediencia debida.
Sumadas ambas
situaciones, Kirchner evaluó en principio reclamar la renuncia de su vice y
se inclinó al fin por destratarlo, lanzar contra él una ofensiva mediática
y aniquilar a un grupo de funcionarios de las áreas de Turismo y Deportes
sobre las que Scioli ejercía influencia. El Presidente había
descubierto que la oposición, que hasta entonces, sin expresión política,
se recluía sordamente en sectores afectados, empezaba a encarnarse nada
menos que a través del vicepresidente. Hacer retroceder a Scioli
no parecía una tarea difícil: en la organización institucional argentina
la figura presidencial es central y la del vicepresidente, por el
contrario, es normalmente decorativa. Sin embargo, Scioli no estaba solo.
Sus expresiones y actitudes reflejaban puntos de vista compartidos no
sólo por una franja de la opinión pública y por sectores de la producción y del campo
institucional, sino también por
muchos senadores nacionales y por un segmento considerable del peronismo que incluye al
duhaldismo bonaerense. Por ese motivo, la crisis con el vicepresidente
tuvo un costo alto para
Kirchner. El más notable de esos
costos fue la necesidad presidencial de buscar nuevamente cobijo bajo la
manta del duhaldismo. De no haber sido por el favor de Duhalde, que volcó
su influencia sobre el bloque justicialista de senadores, la anulación de
las leyes de obediencia debida y de punto final corría riesgo de parálisis
o frustración en la Cámara Alta. La senadora
bonaerense Mabel Müller, del riñón duhaldista, había adelantado su postura
contraria a la anulación pero terminó votándola por verticalidad y disciplina frente
al pedido de Duhalde, según facturó. El ex presidente, principal
accionista del acceso de Kirchner a la Casa Rosada, protege a Scioli y
también a su verdugo: las circunstancias lo han colocado en este mo mento al mando del
tablero y juega ajedrez moviendo tanto las fichas blancas como las
negras. Kirchner dramatizó su agradecimiento
acudiendo en San Vicente al plenario del peronismo bonaerense, donde
Duhalde le cedió al escenario para que acompañara a sus candidatos. La
condición fue que Scioli no estuviera presente y el caudillo de Lomas de Zamora la
juzgó plausible: para él, el vicepresiedente es una pieza de reserva y por
el momento ya había cumplido con creces su función de
hostigamiento. El apoyo de Duhalde
subraya un flanco de vulnerabilidad de Kirchner ensanchado por la propia
estrategia de confrontación del presidente: más allá del vaporoso respaldo de la opinión
pública, el bonaerense es su principal viga de apoyo cuando las papas queman,
lo cual acentúa en perspectiva su Duhalde-dependencia. Este apoyo, por lo
demás, no es gratuito: aunque
esforzándose por contemplar benévolamente el estilo Kirchner y computando
asimismo el dato de que un fracaso prematuro del presidente también lo
afectaría a él su inventor, de hecho-, Duhalde, como la mayor parte del
peronismo, resiste la política militar de Kirchner y su intención de
congregar una fuerza propia fuera del PJ centrada en el llamado progresismo y en la
izquierda. De allí que las relaciones entre la Casa Rosada y Lomas de
Zamora estén signadas por las
aproximaciones esporádicas y
la permanente desconfianza recíproca. No es un dato menor que uno de los
piqueteros favoritos de Balcarce 50, Luis DElía, haya declarado esta
semana su voluntad de defender a los tiros al gobierno de Kirchner de
una presunta conspiración en la que incluyó en rol protagónico a Eduardo Duhalde.
El Presidente también da señales de que está dispuesto a jugar con blancas
y con negras simultáneamente. La victoria electoral de
Mauricio Macri en la Capital Federal desnudó otro flanco débil de
Kirchner. Y no uno menor: el
repaldo de opinión pública que las encuestas insisten en exhibir y
del que el Presidente se envanece no se traslada a cualquiera de sus actos
y preferencias. Ya estaba registrado que ese respaldo se transforme en
censura cuando se trata de juzgar aspectos específicos de la gestión
(economía o seguridad, por ejemplo). El domingo 24, no una encuesta sino
una votación popular mostró que un segmento mayoritario de los porteños
ignoraba o rechazaba el respaldo presidencial a Aníbal Ibarra. El actual
Jefe de Gobierno, con el respaldo de Kirchner y de la señora Carrió, cayó
frente a Macri y perdió 15 puntos en relación con su performance
precedente. Por cierto, el vencido fue Ibarra, no Kirchner, pero la
tendencia a confrontar y a polarizar del Presidente hizo que éste se
convirtiera en accionista de la derrota. Así como la exagerada
reacción frente al módico desafío de Scioli concluyó en una temporaria y
pírrica victoria y en una deuda a Duhalde, la aventura porteña de Kirchner
se paga con su propio crédito ante la opinión pública,
su principal y veleidoso sostén. Jorge Raventos , 09/07/2003 |
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