Sábado 27 de Mayo de 2006

NIÑOS ENVUELTOS


1.- Pinky y Cacho, 2007

Con secuelas del tránsito acumulado, Pinky y Cacho suelen atravesar, con diferentes niveles de dignidad, el paso impecable del tiempo.
Sin embargo, 24 años después, a Pinky y Cacho se los puede ver envidiablemente enteros.
Entonces la atractiva señora Lidia Satragno, Pinky, y con varias maratones de más, Cacho Fontana, podrían atreverse a encarar otra maratón televisiva de solidaridad.
Como durante aquella Guerra de Malvinas, del 8 al 9 de mayo del 82.
Cuando los emocionados argentinos, alejados del escenario del conflicto, colaboraban con entusiasmo para que sus soldados se batieran honrosamente contra los ingleses colonizadores.
La posterior decepción, de ningún modo inhabilita el reconocimiento a Pinky y Cacho por aquellas 24 horas continuadas de televisión, de 24 años atrás, en el Canal 7 y con 52 puntos de rating.
A la distancia, la magnitud del retroceso nacional resulta estremecedora.
La irrupción fantasmagórica de la berretada actual, no alcanza, al contrario, para movilizar a la sociedad contra la proyección imperdonable de los uruguayos.
Entre tanta declinación de la Argentina grotesca, Pinky y Cacho podrían ser reemplazados, en todo caso, por los adolescentes cuarentones de Caiga quien Caiga.

Desde Gualeguaychú a La Haya

En la extrema bastardización de su Malvinas personal, Kirchner no se encuentra dispuesto a equivocarse sólo.
Necesita compartir, para diluirlo, el error.
Abusa entonces de la capacidad del superávit desperdiciado.
Para la extorsión política de congregar, a la mayoría de los gobernadores rehenes.
Para que los gobernadores se sumen, como niños envueltos, al fervoroso apasionamiento por el papelón político.
Como si Kirchner le dijera a cada gobernador:
"Si querés obras, el viernes tenés que anotarte".
En el papelón que lleva, en vuelo directo, desde Gualeguaychú a La Haya.

Tres a resistirse

Hasta hoy, sólo tres gobernadores mantienen suficientes fuerzas presupuestarias como para atreverse a tomar respectivas distancias del envoltorio.
Y contemplar, acaso, la escenografía galtierista, por la televisión.
Los códigos de los análisis deben entonces ser más políticos que patrióticos.
Sobisch, por ejemplo, es un opositor frontal que se cuida, con cierto esmero, de no quedar como otro niño envuelto en el mismo paquete.
En realidad, cuentan los neuquinos que Sobisch es un potencial pichón de Kirchner.
Aunque Sobisch trafica, con el lejano objetivo de llegar a la presidencia, con el ideario difuso del raciocinio conocido como centro derecha.
Otro que se resiste, a ser otro niño envuelto, es el Alberto Rodríguez Saa.
El Alberto es un artista más excéntrico que esotérico. Lo suficientemente imaginativo como para dibujar, sin mayor suerte, el perfil de su hermano Adolfo.
Con el objetivo estético de colocarlo, aunque sin mayores perspectivas auspiciosas, en algún lugar de privilegio de la cambiante xerografía política.
Y por último Juan Carlos Romero. El salteño también se resiste a sumarse al coro escenográfico de niños envueltos, acaso por una coherencia intelectual que lo retiene.
Ocurre que Romero supo manifestarse, con bastante tono crítico, con las improvisaciones gestionarias. En definitiva, con la manera desprolija de encarar el conflicto casi doméstico.
Un conflicto irrisorio que se le fue, a Kirchner, de las manos. Por dormirse. Extraviado en devaneos de ideologismos agravados por mala información.

La fragmentación de los progresismos

Resulta generacionalmente deprimente que Argentina se deslice, con pasmosa severidad, por los senderos de la berretada geopolítica.
Trátase de una berretada de fragmentación progresista, que emerge como una réplica de la revolución conservadora de los noventa.
La versatilidad de los diversos progresismos parecen impregnar la mayor parte del subcontinente.
Una región desacomodada del universo, que se obstina en el desperdicio de desaprovechar otra década de posibilidades que podrían, para siempre, acomodarla.
Asístese entonces, entre tanta precariedad conceptual, a los pliegues de otra contradicción inexplicable. Porque, justo en la instancia más conveniente para el desarrollo progresivo de la economía, Argentina se sorprende con el estigma fatal del gobierno más insolvente.
Cuando el país, tan favorecido por la coyuntura, se encuentra en condiciones de postularse, entre las carencias, para una suerte de liderazgo regional.
Sin embargo, por alarmante ineptitud para la gestión cotidiana, Argentina se sumerge, por su dinámica de errores, en el laberinto de su propia incapacidad.
Y por la cuestión menor de dos plantas fabriles del vecino, tan austero como orgullosamente pequeño.
Téngase en cuenta que el Uruguay disfruta, por mera simpatía natural hacia el frágil, del favor de la tribuna de los observadores del mundo.
Con su capacidad para abreviarse, en cambio, Argentina municipaliza la política exterior.
Por la estrategia ciegamente improvisada del gobierno desastroso, que se lleva a patadas con la conjunción conocida como el universo.
Con el amontonamiento de gobernadores en Gualeguaychú, Kirchner pretende consolidar la idea de unidad en el aislamiento.
Ahora Argentina, para ganar el tiempo que se pierde, supone encontrar, al final del laberinto, las luces esperanzadoras de La Haya.
Sin embargo, las luces pertenecen a un camión que viene de frente.
Entonces la Argentina, a La Haya, se va a estrellar.

2.- Niños envueltos

De todos modos, antes del amontonamiento de Gualeguaychú, Kirchner debe participar, con otros tres presidentes, separadamente deplorables, en una cumbre en Puerto Iguazú, Misiones.
Una lástima que la colosal magnitud de tanta belleza sirva de marco para tamaña chatura.
Lula, Evo Morales, y Chávez son, junto a Kirchner, cuatro emergentes de la berretificación del subcontinente americano.
Deben tratar, con la seriedad de estadistas que carecen, y casi en estado de suplicio, el suicidio soberanamente institucional de Bolivia.
A partir de la jactanciosa recuperación revolucionaria de sus recursos naturales. Aunque con un decreto que ampara una enriquecida ambigüedad. Ya que el texto parece diluir la sonoridad del título.
Al fin y al cabo, Evo Morales anunciaba, semejante retroceso, en la gratuidad permisible de la campaña electoral.
Si para la vulnerable Argentina desguarnecida, Uruguay se consolidó como una incontrolable hipótesis de conflicto, el desquicio de Bolivia, para Argentina, derivó en la plenitud del desconocimiento.
El error principal pasa, en la Argentina, por la abrumadora tendencia hacia la programada desinformación.
La Argentina de Kirchner parece apostar, con cierto énfasis, por la hegemonía triunfal de la ignorancia.
Por lo tanto, de lo que pasa en el interior de Bolivia, el estado argentino debe enterarse, a lo sumo, por Internet. O por la CNN en español.
Téngase en cuenta que ni siquiera se cuenta con un profesional de la inteligencia en el lugar.
Y que la representación diplomática, encabezada por el honorable señor Macedo, no se caracteriza, según nuestras fuentes, por la eficacia informativa ni analítica.
Sin ir más lejos, Estados Unidos mantiene como embajador a David Greenlee. Trátase de un cuadro con fuertes vinculaciones con la CIA. Un experto, por ejemplo, en la sustancial región del Chapare, y que supo preparar, con anterioridad, las bases del nuevo escenario de la relación positivamente sutil con el Paraguay.
Por lo tanto, sin siquiera un espía oficializado para tocar el timbre, y con la infantería de una embajada insuficiente, el gobierno argentino se encontraba en las fronteras de Babia.
Entre tan intensa relación piqueteril, se ignoraban, y hasta se carecía de conjeturas, acerca de los movimientos que Evo Morales se disponía a hacer.
Exactamente Evo Morales iba a hacer, al final, aquella elementalidad revolucionaria que supo anticiparnos, con una certeza avasallante, cierto experto teniente coronel retirado, con alguna inclinación por la adiposidad. Fue seis meses atrás, en el Bar Posadas.
"El Evo -nos dijo el sabio Gordo D...- no tiene otra alternativa que nacionalizar los hidrocarburos. Y Argentina y Brasil van a verse en problemas".
Con seguridad, en la flamante improvisación de la próxima cumbre, surgirá cierta ayuda providencial. Desde el envoltorio de Chávez.
Ánimo entonces, porque podrá registrarse, para los gobiernos de Brasil y Argentina, aún algún atisbo de solución.
Ocurre que tanto el desbordado Lula, como el contenedor Kirchner, distan de entender las claves de la dinámica política con que suele envolverlos, con facilidad, Chávez.
Porque Chávez se les postula para resolver precisamente los problemas que su influencia genera.
“Fui como bombero y me retiré incinerado”, les justificó Chávez, la semana anterior, mientras los envolvía, otra vez, en Brasilia.
Los estadistas envueltos, Lula y Kirchner, reclamaban por el puntual estímulo de Chávez a la reticencia hipersensibilizada de Paraguay y Uruguay.
Apretujados adentro del envoltorio, y mientras de nuevo Chávez los envolvía, aceptaron la explicación de aquella frase feliz. Y posaron para las fotografías.
Les costaba aceptar, al distraído sindicalista Lula, y al abogado embargador Kirchner, que aquel ingenioso bombero, Chávez, debía ser tomado, en todo caso, como el principal responsable del incendio.
Mientras tanto, Claudio Uberti y Julito De Vido se dedican, con minuciosidad, al lenguaje contable de las facturaciones.
Y Kirchner, ya bastante fastidiado de ser envuelto por Chávez, suele justificarse ante los Estados Unidos que nunca ataca. Con el cuento artificial de su dedicación a la “contención estratégica de Chávez”.
Sin embargo, el supuesto contenedor, Kirchner, debe enterarse, por la CNN en español, de las consecuencias políticas de los deslizamientos del incontenible Chávez.
Puede incluso Kirchner registrar la penúltima boconeada de Chávez.
La del apoyo total de Chávez a la decisión soberana del gobierno de Bolivia.
Y la soberanía, dice Chávez por televisión, no se discute.
Sobre todo porque la medida histórica de la soberanía boliviana se decidió, específicamente, en La Habana, la semana anterior.
Y con el patrocinio del desplazado Fidel, el abuelito divagador de los revolucionarios que se encuentra ideológicamente envuelto, por Chávez.
Como los otros dos niños envueltos, los estadistas Lula y Kirchner.

Joaquín Van Der Ramos
 

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