1.- Pinky y
Cacho, 2007
Con secuelas del tránsito acumulado, Pinky y Cacho suelen
atravesar, con diferentes niveles de dignidad, el paso impecable del
tiempo.
Sin embargo, 24 años después, a Pinky y Cacho se los puede ver
envidiablemente enteros.
Entonces la atractiva señora Lidia Satragno, Pinky, y con varias
maratones de más, Cacho Fontana, podrían atreverse a encarar otra
maratón televisiva de solidaridad.
Como durante aquella Guerra de Malvinas, del 8 al 9 de mayo del 82.
Cuando los emocionados argentinos, alejados del escenario del conflicto,
colaboraban con entusiasmo para que sus soldados se batieran
honrosamente contra los ingleses colonizadores.
La posterior decepción, de ningún modo inhabilita el reconocimiento a
Pinky y Cacho por aquellas 24 horas continuadas de televisión, de 24
años atrás, en el Canal 7 y con 52 puntos de rating.
A la distancia, la magnitud del retroceso nacional resulta
estremecedora.
La irrupción fantasmagórica de la berretada actual, no alcanza, al
contrario, para movilizar a la sociedad contra la proyección
imperdonable de los uruguayos.
Entre tanta declinación de la Argentina grotesca, Pinky y Cacho podrían
ser reemplazados, en todo caso, por los adolescentes cuarentones de
Caiga quien Caiga.
Desde Gualeguaychú a La Haya
En la extrema bastardización de su Malvinas personal, Kirchner
no se encuentra dispuesto a equivocarse sólo.
Necesita compartir, para diluirlo, el error.
Abusa entonces de la capacidad del superávit desperdiciado.
Para la extorsión política de congregar, a la mayoría de los
gobernadores rehenes.
Para que los gobernadores se sumen, como niños envueltos, al fervoroso
apasionamiento por el papelón político.
Como si Kirchner le dijera a cada gobernador:
"Si querés obras, el viernes tenés que anotarte".
En el papelón que lleva, en vuelo directo, desde Gualeguaychú a La Haya.
Tres a resistirse
Hasta hoy, sólo tres gobernadores mantienen suficientes fuerzas
presupuestarias como para atreverse a tomar respectivas distancias del
envoltorio.
Y contemplar, acaso, la escenografía galtierista, por la televisión.
Los códigos de los análisis deben entonces ser más políticos que
patrióticos.
Sobisch, por ejemplo, es un opositor frontal que se cuida, con cierto
esmero, de no quedar como otro niño envuelto en el mismo paquete.
En realidad, cuentan los neuquinos que Sobisch es un potencial pichón de
Kirchner.
Aunque Sobisch trafica, con el lejano objetivo de llegar a la
presidencia, con el ideario difuso del raciocinio conocido como centro
derecha.
Otro que se resiste, a ser otro niño envuelto, es el Alberto Rodríguez
Saa.
El Alberto es un artista más excéntrico que esotérico. Lo
suficientemente imaginativo como para dibujar, sin mayor suerte, el
perfil de su hermano Adolfo.
Con el objetivo estético de colocarlo, aunque sin mayores perspectivas
auspiciosas, en algún lugar de privilegio de la cambiante xerografía
política.
Y por último Juan Carlos Romero. El salteño también se resiste a sumarse
al coro escenográfico de niños envueltos, acaso por una coherencia
intelectual que lo retiene.
Ocurre que Romero supo manifestarse, con bastante tono crítico, con las
improvisaciones gestionarias. En definitiva, con la manera desprolija de
encarar el conflicto casi doméstico.
Un conflicto irrisorio que se le fue, a Kirchner, de las manos. Por
dormirse. Extraviado en devaneos de ideologismos agravados por mala
información.
La fragmentación de los progresismos
Resulta generacionalmente deprimente que Argentina se deslice,
con pasmosa severidad, por los senderos de la berretada geopolítica.
Trátase de una berretada de fragmentación progresista, que emerge como
una réplica de la revolución conservadora de los noventa.
La versatilidad de los diversos progresismos parecen impregnar la mayor
parte del subcontinente.
Una región desacomodada del universo, que se obstina en el desperdicio
de desaprovechar otra década de posibilidades que podrían, para siempre,
acomodarla.
Asístese entonces, entre tanta precariedad conceptual, a los pliegues de
otra contradicción inexplicable. Porque, justo en la instancia más
conveniente para el desarrollo progresivo de la economía, Argentina se
sorprende con el estigma fatal del gobierno más insolvente.
Cuando el país, tan favorecido por la coyuntura, se encuentra en
condiciones de postularse, entre las carencias, para una suerte de
liderazgo regional.
Sin embargo, por alarmante ineptitud para la gestión cotidiana,
Argentina se sumerge, por su dinámica de errores, en el laberinto de su
propia incapacidad.
Y por la cuestión menor de dos plantas fabriles del vecino, tan austero
como orgullosamente pequeño.
Téngase en cuenta que el Uruguay disfruta, por mera simpatía natural
hacia el frágil, del favor de la tribuna de los observadores del mundo.
Con su capacidad para abreviarse, en cambio, Argentina municipaliza la
política exterior.
Por la estrategia ciegamente improvisada del gobierno desastroso, que se
lleva a patadas con la conjunción conocida como el universo.
Con el amontonamiento de gobernadores en Gualeguaychú, Kirchner pretende
consolidar la idea de unidad en el aislamiento.
Ahora Argentina, para ganar el tiempo que se pierde, supone encontrar,
al final del laberinto, las luces esperanzadoras de La Haya.
Sin embargo, las luces pertenecen a un camión que viene de frente.
Entonces la Argentina, a La Haya, se va a estrellar.
2.- Niños envueltos
De todos modos, antes del amontonamiento de Gualeguaychú,
Kirchner debe participar, con otros tres presidentes, separadamente
deplorables, en una cumbre en Puerto Iguazú, Misiones.
Una lástima que la colosal magnitud de tanta belleza sirva de marco para
tamaña chatura.
Lula, Evo Morales, y Chávez son, junto a Kirchner, cuatro emergentes de
la berretificación del subcontinente americano.
Deben tratar, con la seriedad de estadistas que carecen, y casi en
estado de suplicio, el suicidio soberanamente institucional de Bolivia.
A partir de la jactanciosa recuperación revolucionaria de sus recursos
naturales. Aunque con un decreto que ampara una enriquecida ambigüedad.
Ya que el texto parece diluir la sonoridad del título.
Al fin y al cabo, Evo Morales anunciaba, semejante retroceso, en la
gratuidad permisible de la campaña electoral.
Si para la vulnerable Argentina desguarnecida, Uruguay se consolidó como
una incontrolable hipótesis de conflicto, el desquicio de Bolivia, para
Argentina, derivó en la plenitud del desconocimiento.
El error principal pasa, en la Argentina, por la abrumadora tendencia
hacia la programada desinformación.
La Argentina de Kirchner parece apostar, con cierto énfasis, por la
hegemonía triunfal de la ignorancia.
Por lo tanto, de lo que pasa en el interior de Bolivia, el estado
argentino debe enterarse, a lo sumo, por Internet. O por la CNN en
español.
Téngase en cuenta que ni siquiera se cuenta con un profesional de la
inteligencia en el lugar.
Y que la representación diplomática, encabezada por el honorable señor
Macedo, no se caracteriza, según nuestras fuentes, por la eficacia
informativa ni analítica.
Sin ir más lejos, Estados Unidos mantiene como embajador a David
Greenlee. Trátase de un cuadro con fuertes vinculaciones con la CIA. Un
experto, por ejemplo, en la sustancial región del Chapare, y que supo
preparar, con anterioridad, las bases del nuevo escenario de la relación
positivamente sutil con el Paraguay.
Por lo tanto, sin siquiera un espía oficializado para tocar el timbre, y
con la infantería de una embajada insuficiente, el gobierno argentino se
encontraba en las fronteras de Babia.
Entre tan intensa relación piqueteril, se ignoraban, y hasta se carecía
de conjeturas, acerca de los movimientos que Evo Morales se disponía a
hacer.
Exactamente Evo Morales iba a hacer, al final, aquella elementalidad
revolucionaria que supo anticiparnos, con una certeza avasallante,
cierto experto teniente coronel retirado, con alguna inclinación por la
adiposidad. Fue seis meses atrás, en el Bar Posadas.
"El Evo -nos dijo el sabio Gordo D...- no tiene otra alternativa que
nacionalizar los hidrocarburos. Y Argentina y Brasil van a verse en
problemas".
Con seguridad, en la flamante improvisación de la próxima cumbre,
surgirá cierta ayuda providencial. Desde el envoltorio de Chávez.
Ánimo entonces, porque podrá registrarse, para los gobiernos de Brasil y
Argentina, aún algún atisbo de solución.
Ocurre que tanto el desbordado Lula, como el contenedor Kirchner, distan
de entender las claves de la dinámica política con que suele
envolverlos, con facilidad, Chávez.
Porque Chávez se les postula para resolver precisamente los problemas
que su influencia genera.
“Fui como bombero y me retiré incinerado”, les justificó Chávez, la
semana anterior, mientras los envolvía, otra vez, en Brasilia.
Los estadistas envueltos, Lula y Kirchner, reclamaban por el puntual
estímulo de Chávez a la reticencia hipersensibilizada de Paraguay y
Uruguay.
Apretujados adentro del envoltorio, y mientras de nuevo Chávez los
envolvía, aceptaron la explicación de aquella frase feliz. Y posaron
para las fotografías.
Les costaba aceptar, al distraído sindicalista Lula, y al abogado
embargador Kirchner, que aquel ingenioso bombero, Chávez, debía ser
tomado, en todo caso, como el principal responsable del incendio.
Mientras tanto, Claudio Uberti y Julito De Vido se dedican, con
minuciosidad, al lenguaje contable de las facturaciones.
Y Kirchner, ya bastante fastidiado de ser envuelto por Chávez, suele
justificarse ante los Estados Unidos que nunca ataca. Con el cuento
artificial de su dedicación a la “contención estratégica de Chávez”.
Sin embargo, el supuesto contenedor, Kirchner, debe enterarse, por la
CNN en español, de las consecuencias políticas de los deslizamientos del
incontenible Chávez.
Puede incluso Kirchner registrar la penúltima boconeada de Chávez.
La del apoyo total de Chávez a la decisión soberana del gobierno de
Bolivia.
Y la soberanía, dice Chávez por televisión, no se discute.
Sobre todo porque la medida histórica de la soberanía boliviana se
decidió, específicamente, en La Habana, la semana anterior.
Y con el patrocinio del desplazado Fidel, el abuelito divagador de los
revolucionarios que se encuentra ideológicamente envuelto, por Chávez.
Como los otros dos niños envueltos, los estadistas Lula y Kirchner.
Joaquín Van
Der Ramos
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