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Panorama
político nacional de los últimos siete días
Todos los
piratas tienen
atropellos que aclarar,
deudas pendientes y asuntos
de los que mejor no hablar(…)
No hay historia de piratas
que tenga un final feliz.
Joan Manuel
Serrat,
Una de Piratas
Una de las
obsesiones del matrimonio K consiste en ofrecer argumentos piadosos y
humanitarios para justificar sus exacciones. En las narraciones clásicas los
autores de tropelías se preocupaban poco por el juicio ajeno: los piratas no
pretendían ganar fama de justicieros, se contentaban con el botín y los
cañonazos. Los K, setentistas nostálgicos, necesitan exhibirse con disfraz de
Robin Hood: relatan sus intentos de confiscación como batallas homéricas contra
distintas ligas de malvados poderosos, destinadas invariablemente a preservar
alguna causa buena.
Para explicar el
gran golpe frustrado de las retenciones móviles pintaron al vasto océano de
productores agrarios del país como un pantano oligárquico y negaron, por
supuesto, que el manotazo suplementario que intentaban asestarles tuviera que
ver con las dificultades que el propio gobierno se había procurado para
financiarse (o con lubricados proyectos como el del tren bala): los
fondos de la expropiación se destinarían a construir escuelas y hospitales
(desalmado aquel que quisiera preguntar por qué no canalizan hacia esos nobles
fines la inmensa recaudación impositiva que perciben normalmente y coparticipan
mezquinamente).
Algo parecido
ocurre ahora con el precipitado proyecto previsional que esta semana promovió
el gobierno de la señora de Kirchner. Se trata de una ratificación del modelo
centralismo de confiscación parasitaria ya aplicado en el campo: la
expropiación de los aportes de 9 millones de trabajadores argentinos que desde
hace 14 años ahorran para su futura jubilación en el sistema previsional de
capitalización. Pese a que presiones gubernamentales condujeron a las empresas
que administran esos fondos a invertir la mayor parte de ellos en el vidrioso
negocio de financiar al Estado, lo cierto es que allí se han acumulado unos
100.000 millones de pesos y cada año se incorporan unos 13.000 millones más,
producto de los aportes mensuales de esos mismos trabajadores.
Semejante caja ha
sido siempre una verdadera tentación para los Kirchner. Intentaron meter mano en
ella apelando a la complicidad de las víctimas: desde principios del año 2007
promovieron con una intensísima campaña de propaganda el traspaso voluntario de
aportantes del sistema de capitalización al régimen de reparto, ese barril sin
fondo que sólo controlan funcionarios fieles del Ejecutivo. Mientras en el
sistema de capitalización los manotazos a la caja tienen el dique de control de
los aportantes, que son propietarios individuales de sus fondos y tienen
derechos preservados por la Constitución, nada detiene al gobierno –las
experiencias están a la vista- si quiere financiarse echando mano a los fondos
de jubilaciones que administra el ANSES, una oficina pública con autoridades
rigurosamente sometidas a la disciplina K.
El gobierno quedó
disconforme con el resultado de su campaña de traspasos. Esperaba quedarse con
el dinero de al menos la mitad de los afiliados a los fondos de capitalización y
sólo cosechó un 20 por ciento. Fue un buen refuerzo para las cifras del ANSES,
pero apenas una propina para las expectativas de la familia K; en rigor una
derrota, ya que esa ofensiva por el traspaso resultó un verdadero plebiscito: el
régimen de capitalización ganó 80 a 20; más de 9 millones de personas que
cuentan con fondos en ese régimen –incluyendo más de 3 millones y medio que
aportan regularmente- eligieron permanecer en él. Es una fuerte expresión
social, sin duda. A mero título comparativo, la señora de Kirchner obtuvo menos
que eso en los comicios de hace un año: 8.650.990 votos. Con la propuesta
de liquidar el régimen de capitalización y expropiar los fondos el gobierno
convierte en jarabe de pico las promesas de "libertad de opción" con que
concurrieron a aquel plebiscito.
Argentina enfrenta
en el 2009 vencimientos de deuda por 20.200 millones de dólares y no tiene cómo
financiarlos: las cifras de riesgo-país (que tocaron los 2000 puntos esta
semana) indican que tiene cerrado el crédito; para colmo, la caída del precio de
los commodities no sólo reduce los ingresos fiscales esperados, también achica
el margen de maniobra del carísimo palenque crediticio al que habitualmente
apelan los Kirchner: el comandante Chávez. A él también lo golpea la crisis,
bajo la forma de una fuerte reducción del precio del petróleo.
En esas
condiciones, quizás se explique el íntimo (cándido) goce de la señora de
Kirchner cuando describía la crisis global y, sobre todo, esa frase que reiteró
en varios discursos: "La crisis es una oportunidad". Es un lugar común,
ciertamente, pero en este caso tenía, como se ha visto, sentido específico: el
matrimonio K vio una oportunidad… de quedarse con los fondos jubilatorios de
capitalización. Con todos ellos. Con el stock acumulado y con el flujo mensual.
Para ello tomaron
como gran coartada las medidas de salvataje que las democracias capitalistas
adoptaron ante la crisis financiera, tomando el control de bancos y grandes
aseguradoras. Magnífico: la expropiación de las jubilaciones de capitalización
tomaría la forma de un salvataje. ¿Quién puede negarse a algo tan pío como un
salvataje?
Significativa
diferencia: los salvatajes que están acometiéndose en Estados Unidos e
Inglaterra implican que los estados ponen fondos para preservar los
intereses de las instituciones en riesgo y, sobre todo, para cuidar los
intereses de los depositantes (por caso, los de los deudores hipotecarios). En
cambio, aquí el "salvataje" se comete contra los trabajadores aportantes:
el Estado no pone, saca. Les saca la propiedad a los trabajadores. Golpea,
además, a instituciones (las AFJP) cuyos criterios de administración pueden y
deben ser muy criticados (y debieron ser controlados por instituciones estatales
previstas en el régimen), pero que no estaban en crisis ni solicitaban salvataje
alguno.
No importa: el
relato del gobierno se basa en la idea de salvataje, que sirve para dibujar la
misión K como una misión bondadosa. Hace falta mostrar quién es el "malo" del
que hay que salvar a los futuros jubilados. En realidad, in pectore el
pensamiento oficialista sostiene que hay que salvarlos de ellos mismos, de su
"individualismo" y "falta de solidaridad", que los llevan a encapricharse en
aportar para sus propios fondos jubilatorios en lugar de entregárselos al
gobierno, que a través del ANSES sabría mucho mejor que cada uno de ellos cómo
gastar esos aportes. Pero así no relata el gobierno: el malo de la película son
"las AFJP", el "régimen privado" que se impuso "en los años 90", la "obra de
Menem y Cavallo".
Ese relato es puro
humo destinado a nublar la visión, campanilla pavloviana para despertar el
reflejo condicionado anti-noventa, de modo de quedarse con las carteras en el
tumulto.
Primero: los
aportes que se expropiarían si el proyecto fuera aprobado en el Congreso, no son
propiedad de las AFJP. La ley que estableció el sistema de capitalización lo
expresó sin dejar espacio para la duda: "el fondo de jubilaciones y
pensiones es un patrimonio independiente y distinto del patrimonio de la
administradora, y pertenece a los afiliados. La administradora no tiene derecho
de propiedad alguno sobre él".
Segundo: no es
cierto que el régimen de capitalización pueda definirse con precisión como
"privado" por oposición a otro "estatal", que sería el de reparto. De hecho, en
el régimen de capiutalización ha jugado un papel muy significativo la AFJP
Nación, del estado nacional (además de otra controlada por el estado
bonaerense). De hecho, nada impediría (si los procedimientos que se adoptan
son respetuosos de la Constitución) que exista un régimen de capitalización
exclusivamente administrado por el Estado, a través de Nación AFJP. Sucede
que aún en ese caso los aportantes seguirían siendo los propietarios legales de
sus propios fondos particulares y podrían ejercer control sobre los
administradores, algo que no puede hacerse en la oscuridad de ANSES, donde todos
los gatos son pardos, no hay fondos específicos de cada aportante, las
retribuciones de los jubilados y el destino de los gastos están determinados por
criterios que algunos llaman políticos y otros, facciosos.
Aquella confusa
polarización entre "privado" y "estatal" la emplea el gobierno para atraerse la
simpatía (y los votos en las Cámaras) de diputados y senadores que temen verse
retratados como privatistas, amigos de los años noventa o pro-AFJP y para
ofrecer una coartada al proyecto, que supone una expropiación inconstitucional
a 9 millones de personas. No es "lo estatal" lo que inspira al gobierno, sino el
manejo sin obstáculos de la caja, por eso quiere "estatal de reparto" y ni habla
de la hipótesis "estatal de capitalización".
Tercero: Es tan
monumental la operación (y tan grande el botín, y tan desesperante la situación
de la caja K), que el gobierno sospecha que el humo que lanza para nublarla no
durará mucho. Por eso quiere que todo se apruebe rapidito. En dos o tres
semanas, a lo sumo cuatro. Así, en un santiamén se liquidaría un régimen de
capitalización cuya sanción demandó no menos de dos años de debate en la
sociedad y cerca de nueve meses de trámite parlamentario.
El apuro es una
mala señal, porque si ha llegado la hora de replantearse la realidad
previsional, conviene hacerlo con paciencia y mirando más allá de este arrebato
oficialista. Convendría analizar, por ejemplo, si no debe establecerse una
"jubilación de ciudadanía", un ingreso mínimo para todos quienes hubieran
llegado a determinado edad, independientemente de sus años de aporte. Y, por
encima de esa prestación universal por edad, si no habría que reconocer
proporcionalmente los aportes (por breves que hayan sido) de todos aquellos
trabajadores integrados al sistema previsional aunque, al llegar a la edad
jubilatoria, no alcancen a cumplir los años hoy exigidos para obtener el
beneficio. Un tema como el previsional no puede ser aprobado a los panzazos
entre gallos y medianoche. Necesita un debate amplio y participativo.
La forma sorpresiva
con que se dispuso la iniciativa K (aparte del matrimonio, sólo un par de
funcionarios conocieron el proyecto antes del anuncio; Martín Redrado, el
presidente del Banco Central, se enteró por Página 12), generó en la realidad
respuestas prácticas antes de las respuestas programáticas. Los bancos
registraron rápidamente fuga de depósitos, el dólar trepó (pese a una sangría de
1.300 millones en las reservas, con las que el Central quiso moderar el
ascenso), el riesgo país se incrementó, el mundo describió a la Argentina como
expropiador o defaulteador serial, la bolsa se derrumbó (pese a que el gobierno
operó comprando papeles para que la caída no fuera tan vertiginosa). Hasta –
"efecto tango"- se cayó la bolsa española, con castigo particular para las
empresas más expuestas en Argentina.
Sucede que entre
los activos del sistema de capitalización que el gobierno se propone expropiar
hay paquetes accionarios de muchas firmas. Por ahora esos papeles están
repartidos entre distintas administradoras, si el plan oficial se concreta,
todas esas acciones se concentrarán en manos de ANSES-Estado, que pasaría así a
convertirse en importante accionista de bancos, empresas eléctricas y
telefónicas y hasta de medios de comunicación (casi un 9 por ciento del grupo
Clarín quedaría en manos del gobierno). Si muchos funcionarios festejan ya
potenciales nuevos destinos en los directorios de esas compañías, ese sueño de
algunos se transforma para las empresas y los inversores en una pesadilla
(algunos, masoquistas o delirantes, hasta se imaginan a Luis D'Elía designado
en el Banco Hipotecario o a Guillermo Moreno en el directorio de Molinos).
Muchos observadores se preguntan qué vendrá después de la expropiación de los
aportes jubilatorios: ¿llegarán a los plazos fijos si necesitan fondos? ¿A las
cajas de seguridad? La temeraria audacia del gobierno incentiva la imaginación.
Las acciones caen.
El matrimonio
Kirchner, que se mostraba exultante el martes, apenas mostró el naipe de su
propuesta, empezó a preocuparse al registrar las primeras consecuencias, que
evidentemente no había imaginado ni previsto. Se esforzó entonces por buscar
apoyos o complicidades. Dejó trascender la idea de que parte de los fondos
jubilatorios que serían incautados podrían alimentar un "banco de crédito
industrial": un lance para seducir a la UIA, que también reclama un dólar alto
y una rápida muralla para defenderse de los productos chinos y brasileros.
A la conducción de
la CGT la tentó con la participación gremial en la administración de los fondos
previsionales; una garantía para los futuros jubilados: es bien conocida la
experiencia sindical en la administración de las obras sociales.
Para atraerse
inclusive la adhesión de algunos sectores permeables de la oposición, permitió a
algunos de sus lenguaraces difundir la idea de que, "a quienes aprobaran el
proyecto en general" y sólo a esos, les admitirían correcciones particulares a
la propuesta, inclusive "la intangibilidad de los recursos previsionales". ¿Qué
confianza podría despertar semejante "intangibilidad" si para introducirla hay
que admitir primero un saqueo y un atropello inconstitucional? ¿Qué confianza
puede ofrecer un gobierno que reclama todavía superpoderes y se ha cansado de
transgredir con ellos las disposiciones de la ley de leyes, el presupuesto?
Escudarse tras la palabra intangibilidad sería, en tales condiciones, una broma
de mal gusto, una excusa cínica para lavar la conciencia de algún opositor
arrepentido.
Pese a esos
movimientos ofensivos y defensivos del gobierno, la principal oposición (la
oposición de la realidad) se sigue manifestando con la elocuencia de los hechos;
y el andamiento parlamentario del proyecto está por verse: los sectores no
oficialistas parecen comprender que, por encima de sus comprensibles
diferencias, esta vez hay en juego una situación de verdadera emergencia que
involucra la suerte de millones de trabajadores tanto como la vigencia de la
propiedad personal, valor fundamental de la Constitución. Y en seno del mismo
oficialismo se registran dudas sobre el contenido del proyecto y sospechas por
la premura que se les exige para acatarlo.
El gobierno ya no
puede mostrar ni ante propios ni ante ajenos la solidez que en otros tiempos
despertaba miedo, disciplina o resignación. La opinión pública lo ha abandonado.
Después de la dura derrota sufrida ante el campo el futuro del kirchnerismo
quedó tronchado. Esta semana, el decisivo veto del gobierno y la oposición
uruguaya a la candidatura de Néstor Kirchner a la presidencia de UNASUR
representó un signo inéquivoco de fin de época.
Es posible que el
manotazo a las jubilaciones se convierta en el último gran abordaje de los
Kirchner; que después sólo les quede caminar por la planchada.
Jorge Raventos
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