Panorama 01septiembre 2001
El gobierno republicano de los Estados Unidos, nos guste o no el país eje del actual sistema de poder internacional, ha decidido impulsar a escala mundial una nueva política económico-financiera, que se expresará fundamentalmente a través del Fondo Monetario Internacional, destinada a enfrentar los actuales horizontes de tormenta que se ciernen sobre todo el mundo emergente en esta nueva fase del proceso de globalización. El país elegido como caso testigo para esa reorientación es, mal que nos pese, la Argentina.
No comprender las enormes implicancias de esta determinación sería políticamente suicida. Estados Unidos se ha involucrado en la implementación de nuestro complicadísimo y conflictivo "déficit cero", ha abierto la negociación para un acuerdo comercial con la Argentina y nuestros socios del MERCOSUR y ha decidido colaborar en la búsqueda de una renegociación de la deuda externa Argentina, condicionada a la existencia de un marco de crecimiento económico sustentable en el mediano y largo plazo. Todo esto otorga a la actual crisis argentina una dimensión internacional que resulta imposible soslayar.
En este nuevo contexto, estamos a pocas semanas de un giro fundamental de la actual situación política, que obligará al peronismo, más allá incluso de su propia voluntad, a asumir decididamente, en las condiciones que la realidad impone, el liderazgo nacional de esta Argentina en crisis.
La brusca anticipación de esta nueva cita del peronismo con la historia no sólo obedece a la lógica de los acontecimientos y a la conciencia generalizada en la sociedad argentina acerca de que el peronismo es la única fuerza política capaz de gobernar al país en situaciones de crisis terminal, como ya sucedió en 1989. Responde también al hecho, tal vez menos visible pero igualmente innegable, de que el peronismo es la única fuerza política que todavía expresa la identidad de lo nacional. Porque en su doctrina está incorporada la inserción activa de la Argentina en un proceso de asociación regional y continental que nos lleve a protagonizar esta nueva era histórica del universalismo. No existe en América ninguna otra corriente política que como el justicialismo haya expresado, adelantándose a los tiempos, los desafíos de la inserción en un mundo cambiante, incierto y conflictivo.
Muchos dirigentes peronistas entienden, con toda lógica, que a escasas semanas de la realización de unas elecciones en las que el peronismo va a triunfar, y brindar así una plena legitimidad a ese liderazgo nacional, no sería muy prudente anticipar una acción todavía no convalidada por nuestro pueblo. Compartimos esa prevención. Pero señalamos también que esto no significa esperar pasivamente. Hay que preparar ya mismo la ofensiva política que nos permita colocarnos rápidamente a la altura de las circunstancias.
Si el peronismo pretende refugiarse en la oposición, el país no tiene posibilidades serias de afrontar la crisis. Es imprescindible formular alternativas políticas que, sin afectar en lo más mínimo la institucionalidad democrática, permitan que pueda expresarse ese liderazgo nacional que reclama la hora. En este punto, el actual estado de desintegración del poder político convierte en insuficientes las variantes de carácter simplemente parlamentario. Es necesario reconstruir en plenitud el poder político nacional. Porque en la Argentina de hoy no existe ningún horizonte posible sin crecimiento económico. Y en las actuales condiciones no puede haber crecimiento económico sin una fuerte reconstrucción del poder político.
Esto requiere pensar y actuar con criterio revolucionario. Como decía Perón, las revoluciones son la forma que tienen los pueblos para adecuarse a las exigencias que plantea la aceleración de los tiempos de la evolución histórica. Pensar lo nuevo exige pensar de nuevo.
En este sentido, el camino de la reinvención del Estado, a través de una profunda descentralización, que incluye la implementación de un verdadero federalismo fiscal, abre una perspectiva impostergable y de enorme importancia política. Pero esta indispensable descentralización del Estado, como todo proceso de descentralización, contiene en sí misma importantes fuerzas desintegradoras. Requiere entonces, como contrapartida, la presencia de una fuerza política de carácter inequívocamente nacional. Una confederación de liderazgos y partidos provinciales es insuficiente para garantizar la cohesión necesaria para encarar esa tarea y menos aún para asumir la responsabilidad de la negociación con el gobierno republicano de los Estados Unidos y en la gestación de toda la red de alianzas políticas internas y externas necesarias para remontar la actual situación de emergencia que atraviesa el país.
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