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El ex presidente del
Uruguay, Jorge Batlle, aseveró al diario La Nación que “Uruguay ya no
es una provincia de la Argentina”. La intencionalidad de la frase tiene,
naturalmente, como telón, el conflicto que atraviesan las dos naciones a
propósito de las papeleras. Sin embargo la afirmación hecha por Batlle
no guarda rigor histórico, Uruguay jamás fue una provincia Argentina,
lo máximo que llegamos a constituir fueron las Provincias Unidas del
Río de la Plata, junto al Alto Perú (actual Bolivia) y Paraguay, un
tiempo breve. Todo eso antes de ser Argentina.
La desaparición del
Virreinato del Río de la Plata esfumó del escenario la posibilidad de un
destino común. Para ser más preciso, cuando los diputados de Artigas
fueron rechazados por Buenos Aires de la Asamblea del Año XIII nuestros
caminos comenzaron a separarse. Justo en el momento que nos
proponíamos un embrión de organización política, los porteños
expulsaban a los hermanos uruguayos. La competencia entre Montevideo y
Buenos Aires comenzaba.
Paralelamente a lo
narrado, los desacuerdos entre el Imperio Portugués y el Imperio Español
por el mal trazado Tordesillas llevó a que las Naciones hijas de
aquellos imperios: las Provincias Unidas y Brasil nos enfrentáramos en
una guerra por el control del Uruguay. Al no producirse una neta
superioridad de ninguno de los dos contendientes y al meterse Inglaterra
en las negociaciones de paz surgió Uruguay como país pequeño y solitario
y eso es todo: “Un algodón entre dos cristales”.
De esta forma Uruguay
consolidó su perfil como Nación independiente no sin sufrir a lo largo
del siglo XIX embates de los dos cristales. En lo que a la Argentina
corresponde, los momentos más críticos para Uruguay fueron cuando en
Buenos Aires gobernaron las fuerzas asfixiantes del porteñismo cerril:
Rosas y Mitre. Con estos dos hombres, los hermanos uruguayos la pasaron
mal. Seguramente conservan, aún, en su memoria las andanzas de Oribe y
de Venancio Flores.
El siglo XX transitó
mas sereno. Algunos chispazos en la década del 50 cuando gobernaba
Perón, pero nada importante y menos preocupante. El General no emulaba a
Rosas y menos a Mitre.
Los pasos de un
acercamiento decisivo con el Uruguay fueron dados, desde nuestro país,
por el Presidente Menem al plantear en 1991 el Mercosur.
Claro, sobre un terreno abonado por
Alfonsín cuando bajo su presidencia se celebraron los acuerdos con
Brasil.
Sin embargo el
Mercosur fue algo más estratégico en la línea de la unidad sudamericana.
El Mercosur fue
durante poco más de veinte años patrimonio común de todos los
argentinos. Un valor adquirido. Una prenda a cuidar y defender. La
política exterior por excelencia. Lamentablemente hoy se halla en
agonía. Tan dramático es el momento actual que no sólo el Mercosur está
a punto de estallar sino que nuestra relación con Uruguay se presenta al
borde del abismo. ¡Y todo esto lo ha conseguido el actual gobierno
nacional en solo tres años!
¿Qué ha pasado? ¿Cómo
hemos podido llegar a semejante escalada de agresividad? ¿Cómo fue que
un gobierno que se jactó desde un comienzo -en su campaña electoral- de
priorizar el Mercosur y sus relaciones con los países vecinos haya
complicado imprudentemente las relaciones con buena parte de ellos? ¿En
que laberinto ideológico ha ingresado el Gobierno Nacional?
Su discurso de unidad
latinoamericana ha sido solo eso ¡un discurso! Lamentablemente la
atmósfera política de América Latina pletórica de progresismo y
nacionalismo pretérito conspira, como siempre lo ha hecho cuando
prevaleció este firmamento, con la posibilidad de acuerdos generosos y
estratégicos. Mientras este clima no varíe son imposibles las alianzas
duraderas en el continente. Habrá que esperar otros tiempos políticos.
Respecto del Uruguay
debemos estar muy atentos a los próximos pasos del gobierno. Ha
ingresado en una carrera de exacerbación nacionalista-ambientalista
peligrosa y escandalosa. Ha convocado a Gobernadores, funcionarios
nacionales, militantes políticos al griterío que desde esta orilla
dirigiremos al pueblo hermano.
¡Es una vergüenza!
Nuestra dirigencia política no está a la altura de las circunstancias,
debe reaccionar a tiempo, no debiera prestarse a semejante acto
xenófobo.
¿Querrá el actual
Presidente repetir la Plaza de Galtieri? Por lo menos aquellas
multitudes fueron mucho más dignas, guardaban sabor a epopeya. Combatir
contra el imperialismo británico lucía heroico y nos aromaba con los
perfumes de las antiguas tradiciones criollas. Era en definitiva una
razón de justicia histórica. ¿Desproporcionada e inoportuna? Podría ser.
Ahora ¿qué es esto de
convocar a multitudes para levantarle la voz a Uruguay? ¿Cómo puede un
Gobernador como Alperovich de Tucumán afirmar que: “es un compromiso
público y patriótico que espero asuman todos los gobernadores” y nadie
le salga al paso y corte de manera contundente semejante dislate.
¿Cómo
puede un Diputado Nacional, Presidente de la Comisión de Relaciones
Exteriores de dicha Cámara avisar que marcha a los EE.UU. para
embarrarles la cancha a los uruguayos e impedirle el otorgamiento de
créditos? y nadie lo
cruce, o desmienta conductas tan desdichadas. ¿Tan bajo hemos caído los
argentinos?
¿Es que el Presidente
se propone repetir aquellas procesiones fantasmales a los bosques
patagónicos, especies de autos de fe medievales propiciatorios de los
dioses tutelares de la Patria, cuando el conflicto de los Hielos
Continentales con Chile -que se cerró bajo la Presidencia de Menem- y
organizarlas ahora en las tibias aguas del Uruguay?
¿En que cabeza
hirviente se revuelve el caldero del imperialismo uruguayo?
Como observaba un
argentino célebre “somos argentinos porque fracasamos en ser
latinoamericanos” y persistimos en el error.
Esperemos se produzca
una sana reacción de aquellos políticos que, aún conservan algo de
vigencia, y declaren públicamente su oposición al clima enrarecido que
este Gobierno ha generado. Los estamos esperando. Pueden contar con gran
parte del pueblo argentino. ¡Anímense!
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