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Los diarios nos reciben cada mañana con una nueva noticia
sobre la mejoría económica, ¿qué tan bien estamos según su análisis?
-Por lo general la visión vulgar del debate económico suele
presentar diferencias entre ciclos recesivos y ciclos de expansión.
Pero el modo en que se distribuye esa carga recesiva o los
beneficios del crecimiento quedan, en general, fueran del análisis.
Efectivamente, acá hay una diferencia. Argentina vive una etapa de
recuperación económica que es diferente en su dinámica al proceso de
fuerte caída que tuvo desde mediados de 1998 hasta mediados de 2002.
En ese período, la Argentina cayó 20 puntos, que son casualmente los
que está recuperando a tasas aceleradas en los últimos tres años.
Ahora estamos apenas un poco por encima del nivel de actividad
económica de 1998. Pero esta visión deja afuera las condiciones de
organización misma de la economía. El colapso de la convertibilidad
y la devaluación cambiaron el esquema de negocios de la Argentina
sin que se haya alterado su régimen de alta concentración, sin que
se haya alterado el patrón distributivo de profunda regresividad,
sin que se observen cambios sustantivos en el modo de intervención
del Estado y sin que haya diferencias sustantivas en el tipo de
inserción que el país tiene en términos productivos y financieras en
la economía mundial. Los basamentos estructurales de la experiencia
que la Argentina vivió en los últimos 30 años siguen intactos. Lo
único que cambió tras la devaluación, fue el régimen de negocios.
-¿Qué cambió y qué sigue igual?
-En la etapa pasada los negocios principales y de mayor
rentabilidad eran los vinculados a la especulación financiera o a
las áreas de servicios privatizadas y, consecuentemente, los niveles
de rentabilidad de actividades productivas eran menores. En la etapa
actual, la renta que obtienen las actividades productivas son
mayores, y la de las áreas vinculadas a los servicios de las áreas
privatizadas son menores que antes. Pero el hecho de que haya un
cambio en el esquema de negocios sin modificación en los basamentos
más estructurales determina algunas cosas: si bien se recuperó el
nivel de actividad económica, llegando a los niveles del 98, la
recuperación en términos sociales es más lenta. Lo que parece
observarse es que la Argentina termina de organizar un esquema
económico después de la devaluación que se sostiene en condiciones
de mayor explotación de la fuerza de trabajo y de mayor
pauperización que los que dominaron las condiciones de
funcionamiento de los 90.
- ¿En base a qué datos saca estas conclusiones?
-Ejemplo: la Argentina tiene mayores niveles de actividad
económica que en el año 98, pero cuenta con una tasa de desocupación
superior a la que existía en aquel momento. En el 98, la
desocupación estaba en el orden del 11 por ciento. Hoy, incluyendo,
a los que perciben planes, la Argentina está en el orden del 13 por
ciento. Y el ingreso promedio de los argentinos actualmente es
inferior al que había entonces: está un 25 por ciento por debajo de
aquel momento. Hay otra relación muy importante, que ha cambiado y
es muy determinante: la relación entre el ingreso promedio y el
nivel necesario para que un hogar tipo no sea pobre. En la Argentina
actual, el ingreso promedio está aproximadamente 10 puntos por
debajo de lo que necesita un hogar para ser pobre. En el 98, el
ingreso promedio estaba 34 por ciento por encima de lo que
necesitaba un hogar para no ser pobre. En aquel momento había 10
millones de pobres, hoy existen 15 millones.
-Ya me lo imagino a Néstor Kirchner confrontando con usted,
diciendo: "Esos son los que dicen que con Menem estábamos mejor...".
-Lo que hay que hacer es entender la realidad. La situación
social argentina no se construyó de un día para otro. Fue el
resultado de una etapa de reestructuración de la economía que
implicó el predominio de la actividad financiera en desmedro de lo
productivo. Implicó también cambios distributivos importantes. Pero
el modo de construirse fue a través de distintas crisis: hubo una en
el 76/77, que fue el momento de instalación del proyecto regresivo
de la dictadura, hubo una nueva crisis en el 82, otra en el 89, una
en el 94/95 y la última en 98/2002. Cada crisis lo que nos demuestra
es que luego de su pico se instituye un plan de relativa normalidad
que siempre es mejor al momento propio de la crisis. Por lo tanto si
uno compara el modelo de la tablita cambiaria de (José Alfredo)
Martínez de Hoz del 78 al 81 va a encontrarse con situaciones, en
términos relativos, mejores que las que caracterizaban el período de
la crisis 75/76. Ahora lo que lo no sucedió nunca es que se volviera
a los niveles previos a la crisis. Y esto pasó en todos los casos.
- ¿Y qué perspectivas ve ahora de que se vuelva a los niveles
previos a la crisis?
-Lo que uno observa no es alentador. Porque si uno hoy tiene
niveles de actividad superiores a los del año 98, no es lógico que
tenga mayor tasa de desempleo, debería tener menor. La lógica sobre
la cual se organiza la salida productiva y exportadora de la
Argentina actual se sostiene en mayor explotación de la fuerza de
trabajo y mayor empobrecimiento de la sociedad. Es cierto que
estamos mejor que en 2002. Pero también es cierto que estamos peor
que en los 90. Y no es claro que la cosa mejore. Si vamos al patrón
distributivo, hoy tenemos en términos de participación del total del
PBI, que los que están ocupados y no son patrones reciben 5 ó 6
puntos por debajo de lo que recibían en 2001. Y si bien hubo una
pequeña recomposición en 2003, lo cierto es que en 2004 y 2005 se
agudizó la desigualdad. Da la sensación que se estabiliza un nuevo
piso de pobreza: si en los 90 la pobreza estaba en el orden del 25
por ciento, ahora da la sensación es que ese piso estará por arriba
del 35 por ciento, sino el 40. Porque digo esto: porque cada vez hay
más datos que indican que el crecimiento tiene un menor derrame.
-¿A qué datos se refiere?
-El nivel de empleo que genera cada punto de crecimiento de la
economía, cada vez es menor. La economía generó mucho empleo en
2003, la mitad en 2004 y la mitad de la mitad en 2005. La economía
creció en los últimos tres años casi al 9 por ciento cada período.
Entonces, ese mismo 9 por ciento cada año genera menos empleo. El
segundo elemento es que la composición del empleo no se ha alterado:
sigue repartiéndose por mitades entre empleo formal y empleo ilegal
o informal y estos últimos tienen un menor nivel de ingreso. El
tercer dato es que el empleo en blanco que se genera -que es el que
se propagandiza- tiene niveles salariales inferiores a los
históricos. La persona que ingresa hoy a un trabajo no lo hace con
el promedio salarial de los trabajadores que ya están en el mercado,
sino por debajo. Estos tres elementos indican que el derrame tiende
a agotarse, por eso cada vez es menos lo que bajan la pobreza, la
indigencia y el desempleo. Además, hay otro tema importante: la
capacidad de sostener esta tasa de crecimiento, que depende del
volumen de inversión. Con una inversión que está en el orden del 20
por ciento del PBI no parece posible sostenerla. Hasta ahora eso se
logró porque hubo una ganancia de productividad muy grande sobre la
base de la capacidad instalada. Pero, en verdad, lo que se invierte
es de carácter marginal. Eso se advierte cuando se mira la
composición de la inversión. El 60 o 65 por ciento proviene de la
construcción, se vincula al boom inmobiliario residencial y privado,
que es una de las actividades que en el modelo vigente tiene niveles
importantes. Pero esto nos reenvía a lo que dije antes: el boom
inmobiliario tiene que ver con la distribución del ingreso. Porque
con una distribución profundamente injusta como tiene la Argentina,
el patrón del mercado interno está basado en el consumo de los
segmentos altos de la población. Los dos sectores que están
funcionando son el de la construcción residencial y el automotriz.
La construcción residencial tiene límites en términos de inversión
reproductiva y la industria automotriz, en realidad, es una
armaduría, porque los autos se traen en forma completa del exterior
o se fabrican con una elevada proporción de componentes importados.
-¿Cómo definiría al modelo K?
- El modelo vigente es un modelo hacia afuera, de colocación de
naturaleza barata en el mercado mundial. El patrón de exportaciones
no tiene diferencias respecto al anterior a la crisis. La
devaluación no ha modificado el perfil exportador en términos de
agregación de valor. Y, en segundo lugar, es un modelo hacia arriba,
en el sentido de atender las demandas de los sectores más acomodados
de la población. El modelo se sostiene orgánicamente en una
distribución más regresiva. Sobre este esquema se construye la
ideología desarrollista el gobierno actual. Todas sus políticas
tienen como único objetivo ver cómo se sostiene la tasa de
inversión. El gobierno no ha tomado como eje el tema de la
distribución del ingreso.
- ¿Se anima a enunciar medidas concretas que permitan una
mejor distribución de la riqueza?
-Lo primero que hay que entender es que una economía con alto
nivel de concentración, con una fuerte desindustrialización y con un
mercado informal tan grande, solo reproduce desigualdad si uno la
deja funcionar sin producir intervenciones específicas. Así las
cosas, la economía puede crecer pero de manera desigual. Y para
modificar eso hay que actuar en todas las áreas. Si existe un
mercado formal que representa sólo el 30 por ciento del mercado
laboral, lo que hay que pensar son políticas de carácter universal.
Si el Gobierno fija el salario mínimo y cree que de esa manera se le
pone un piso al mercado laboral, se equivoca. Porque en realidad el
salario mínimo tiene que ver con los trabajadores privados que están
en blanco y con los trabajadores del sector público a nivel
nacional. Pero deja afuera a los desocupados, a los que están en
negro, a los trabajadores de los estados provinciales que están en
blanco (que no se rigen por el salario mínimo). En consecuencia, el
verdadero salario mínimo no son los 630 pesos que se fijaran por
última vez, sino que son los 150 del plan Jefas y Jefes o los 225
pesos del plan Familias, según el último anuncio Lo que uno tiene
que tener es una estrategia de transferencia de ingresos que le
llegue al conjunto de la población. El FRENAPO (Frente Nacional
contra la Pobreza) había planteado un programa que planteaba un
seguro de desempleo y formación para el desocupado y se completaba
con una asignación universal para todos los pibes y una jubilación
universal para todos los mayores sin cobertura. El seguro de empleo
y formación más la asignación universal permitían a los hogares
estar por encima de la línea de pobreza. Un estado debería
garantizar que nadie se ubicara por debajo.
- El posibilismo político dice que eso es sólo una utopía
-Objetivamente, la Argentina tiene condiciones para hacerlo.
Basta observar el producto, la generación de riqueza anual, y lo que
consumen los hogares. El total que consumen los argentinos equivale
a la compra de canastas básicas para que 120 millones de personas no
sean pobres. Si tenemos 15 millones de pobres es porque mientras que
algunos se quedan con muchas canastas otros no tienen ninguna. Lo
que se requiere es un tipo de intervención que replantee la
transferencia de ingresos. Y si se cambia la distribución, cambia la
demanda. Ya no tendrías demanda sostenida por el sector de altos
ingresos sino por los sectores populares. Esto, a su vez, cambia el
perfil de producción.
- Concretamente, ¿de dónde obtendría los recursos económicos
para la asignación universal?
-De los recursos fiscales que se disponen. Si uno hace números,
el Estado estaría -aún después de haberle pagado la deuda al Fondo-,
con niveles de recaudación suficientes para pagar inmediatamente 70
pesos por pibe y garantizar la ayuda escolar anual de 130 pesos.
Estas dos cosas hoy tendrían un impacto muy significativo: cinco
millones de personas dejarían de estar por debajo de la línea de
pobreza o de indigencia. Si encima el Estado pusiera en marcha
alguna estrategia de reconstrucción de su capacidad financiera,
poniendo en marcha una reforma impositiva, los logros podrían ser
mayores. Pero el gobierno ha clausurado esa discusión. Ya lo había
clausurado (el ex ministro Roberto) Lavagna y ahora que aparecieron
versiones de que la nueva ministra, Felisa Micelli, quería hacer
algo, fue el mismo Presidente que dijo que ni había que hablar del
tema. Si hubiera una reforma impositiva se recaudaría más: la
Argentina recauda mal y poco.
-¿Por qué?
- La Argentina recauda 26 ó 27 puntos mientras que Brasil recauda
35 puntos. Y recauda poco porque lo hace mal. La carga impositiva
está formulada en base a impuestos sobre el consumo, que tienden a
gravar a los sectores medios y de menores ingresos. Hay un escaso
peso sobre las rentas. El impuesto a las ganancias mantiene
exenciones a los pagos de dividendos en las sociedades, al cobro de
alquileres, a las rentas financieras, a la compra-venta de títulos.
Y todo esto con independencia de la fuerte fuga que hay vinculada
con la ausencia de articulación entre la administración tributaria
nacional y las administraciones tributarias provinciales. Porque la
verdad es que es muy difícil cobrar ganancias o bienes personales a
nivel nacional sin vincularlo con lo que las provincias cobran en
términos de inmobiliario urbano o rural, o automotriz. La ausencia
de coordinación implica que no haya un padrón único de grandes
contribuyentes. Hay más elementos, como la reforma previsional. Hoy
existe una cantidad de fondos que se transfiere de los trabajadores
en actividad a las administradoras de fondos de jubilación y
pensión, un régimen que no resuelve el sistema previsional. Si se
retomara el sistema público, se recuperarían 7.000 millones por año.
También se podría restituir las contribuciones patronales a los
niveles que tenían en 1993. En ese momento se modificaron con el
argumento de que el dólar estaba 1 a 1, pero estamos 3 a 1. Si se
quiere, esto podría hacerse exceptuando a las pequeñas empresas.
Todas estas reformas implicarían recursos múltiples, sin pensar si
quiera en el uso de las reservas.
- Sin embargo, hoy no se escuchan en vos alta discursos que
defiendan intereses empresariales. Al menos de manera tan obscena
como en los 90.
-¿Por qué razón, entonces, un gobierno que podría pasar a la
historia por terminar con la pobreza no toma este tipo de medidas?
-Hay dos razones por las que nunca se llevan adelante las
políticas de carácter universal. La primera es porque la
universalidad pone en cuestión a buena parte del sistema político
argentino. El hecho de que uno no tenga recursos para el conjunto de
los pobres hace necesaria algún tipo de intermediación para
cubrirlos monetariamente. Esto implica que hay alguien que dice
"este recibe y este no". Eso ha construido una parte relevante de lo
que son las practicas clientelistas del sistema político actual. El
primer punto de confrontación de las políticas de universalidad es
que rompen las prácticas políticas que caracterizan a los partidos
dominantes. El plan Jefas y Jefes llegó a tener mas de dos millones
de beneficiaros, de los cuales 250 mil era manejados por
organizaciones sociales. El resto lo entregaba el Estado provincial
o municipal. El segundo tema es que si yo garantizo un piso de
ingresos para las familias postergas equivalente a los niveles de
pobreza, le pongo un piso más alto al mercado laboral y potencio la
capacidad de discusión de los trabajadores ocupados.
Consecuentemente, pongo en discusión las ganancias extraordinarias
de las principales empresas del país. Implica también una
confrontación con la estructura económica actual.
-¿Cuándo se habla de la nueva política no se plantea terminar
con estas prácticas?
-Actualmente no hay una estrategia para desbordar el sistema
político tradicional, solo existe un cambio en la organización de
los actores: desaparecen algunos cacicazgos pero se mantienen otros.
Hay una renovación de carácter generacional de estructuras pre-existentes.
Puede perder poder (Eduardo) Duhalde, pero dentro del kirchnerismo
hay un montón de duhaldistas y hasta menemistas. Además, como en
esta lógica desarrollista se cree que si las principales empresas
invierten se genera empleo y se resuelven los problemas, se percibe
de una manera negativa presionar sobre la rentabilidad de las
empresas. Y esto, desde una interpretación benigna. Desde una mirada
maligna se podría decir que hay más intención de preservar los
ingresos de las empresas que a mejorar la situación de la gente.
-A partir 2001 hay un punto de inflexión en la vida política
argentina. La sociedad fue capaz de cuestionar la experiencia
política del neoliberalismo, pero tuvo como límite no haber sido
capaz de construir una fuerza política que permita sostener un
proceso de transformación. Esa etapa política existe y se expresa en
algunas cosas: hoy, por ejemplo, el discurso legítimo para esta
sociedad tiene que confrontar con lo que pasó en los 90. Y ese
discurso, que tiene límites, se pudo sostener hasta ahora porque la
transformación económica ha sido muy fuerte respecto al momento
propio de la crisis. Naturalmente hay una visión de que se está
mejor respecto al 2002, pero lo que va a empezar a discutirse ahora
es "cómo es esto de que estoy peor que hace cinco años". Porque
ahora hay una política de contener la inflación, pero el principal
sustento es anclar los ingresos de la gente. Si los precios no
tienen que subir más que un uno por ciento mensual, los salarios
¿cuánto suben?. Porque si siguen igual, no se recuperan. En el 2005,
una porción muy chica, el 6 ó el 7 por ciento de la fuerza de
trabajo creció por encima de la inflación en promedio. Los
trabajadores en negro, los trabajadores públicos, los que cobran
planes crecieron por debajo de la tasa de inflación. Acá lo que va a
empezar a notarse es que no se plantea una solución a la
distribución del ingreso. Las estadísticas del INDEC son una señal,
y el rechazo del Gobierno a esa metodología -que es la misma que se
utilizaba hasta el mes anterior-, también. La brecha entre el 10 por
ciento más rico de la población y el 10 por ciento más pobre se
expandió a 31 veces. Lo mejor ya pasó, lo que viene ahora es una
desaceleración de la tasa de crecimiento. Se crecerá menos, con
derrame inferior.
- ¿Esa puja distributiva es la que motiva una mayor
conflictividad gremial en relación con los 90?
- Hay un desplazamiento en el eje del conflicto. Antes estaba
situado en quienes resistían el cierre de fuentes de trabajo, o se
materializaba en un ámbito territorial a través de quienes habían
quedado excluidos. Ahora lo que hay es una pelea por la
distribución, y lo dominante del conflicto aparece en el ámbito
gremial. Ahí aparece otro tema donde el gobierno tiene grandes
contradicciones. Si quiero profundizar un proceso de distribución de
ingreso necesito actores con capacidad de disputar en todos los
lugares. Pero el problema que existe es que hay límites precisos a
la actividad sindical. Más allá de las estructuras existentes, una
tendencia muy fuerte de los grandes establecimientos, consiste en no
permitir la organización de los trabajadores. Si alguien entra a
Coca Cola, en Barracas, te hacen firmar la renuncia, que se ejecuta
en el mismo momento que participas de una actividad gremial. ¿Por
qué se puede hacer esto? Porque la presión que existe con una tasa
de desempleo del 13 por ciento es lo suficientemente significativa
para que el trabajador lo acepte. Esto también determina que las
grandes empresas, que son las que mejor pagan, tienen también la
mayor tasa de explotación laboral. Si uno compara lo que percibe un
trabajador en relación con la productividad de una empresa, la
diferencia es brutal. La tasa de explotación es altísima, porque el
resto del mercado laboral le fija un piso de discusión muy baja.
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