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Domingo 03 de Abril de 2005 |
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ABELARDO RAMOS Y JORGE LUIS BORGES
Una crítica literaria aparecida en el matutino
"Clarín" llevó a Jorge Abelardo Ramos a escribir esta respuesta que,
al declinar su salud, poco antes de su lamentado deceso, no fue enviada. Esta
carta incursiona, con el estilo irónico y mordaz que lo caracterizó, en ese
entretejido cultural que forma la intelligentzia de los países semicoloniales.
Rescata a Borges, actor y victima de una tragedia que lo contenía y lo realza
en comparación con ese microscópico universo "progre" compuesto por
un amplio sector de la clase media semi ilustrada, que carga sus tintas en el
rencor social y la frustración personal.
El señor C.E.Feiling me ha proporcionado un estremecimiento inédito. Por sus
iniciales y apellido pienso que el señor Feiling es ingles, y quizás también
lo sea por su evidente erudición y destreza literaria expuestas en su articulo
del jueves último. Quizás sea joven y apasionado, lo que es bueno, sobre todo
tratándose de un ingles.
Además, que un ciudadano de ese origen se ocupe de un modesto argentino, no
deja de ser para mí extremadamente lisonjero.
El señor Feiling sostiene en su articulo que la crítica al imperialismo
contemporáneo ha sido y es desacreditada por el espanto que produce en la gente
de bien los predicadores de tal crítica, entre ellos nada menos que el Ayatolah
Komehini y quien firma.
Este homenaje me abruma. Ignoraba hasta que llegó Feiling, el grado de mi
imprudencia mundial.
Aunque no fuera cierto, le quedo muy agradecido y me siento sumamente
gratificado.
Al fin y al cabo, cuestiones políticas aparte, ajenas por lo demás a la
Argentina, sin duda el Ayatolah Komehini encarnaba, en su momento, el poderoso
fuego de la fe en un milenio escéptico y movilizó millones de almas en torno a
la tradición coránica, que parecía mucho menos importante que el poderoso
ejército del antiguo sha reinante.
Solo quisiera rectificar en un punto al señor Feiling. Se trata de una
atribución errónea.
El señor Feiling dice que yo he tratado a Borges de cipayo. No es así. Borges
no fue nunca un cipayo (la palabra "cipayo" es un vocablo persa o
iraní, la misma lengua del Ayatolah, que quiere decir "hombre de a
caballo" y que, por extensión, en la India se aplicaba a los soldados
hindúes que, en lugar de defender su patria, servían a los ingleses
dominantes.)
Y digo que Borges nunca fue un cipayo porque toda su formación, desde su
nacimiento, fue el resultado de varios factores que hicieron de él un gran
poeta cosmopolita bilingüe.
Por un lado, el inglés no lo aprendió en una academia de la calle Maipú, como
tantos cipayitos que quieren huir de su patria, sino que lo bebió de los labios
de su abuela. En la infancia su padre, que era un intelectual afrancesado y
anglicanizado, lo encerró en una maravillosa biblioteca repleta de literatura
inglesa fantástica, donde el nutrió sus primeros sueños, que son los
esenciales en un ser humano. Luego su adolescencia transcurrió en Ginebra, de
la misma manera que fue Ginebra el lugar que eligió para morir.
Él enseñaba a los ingleses, con una dicción perfecta, el ingles medieval y a
los norteamericanos les enseñaba el inglés básico. Al mismo tiempo era dueño
de un genio verbal por todos reconocido.
Yo diría, más bien, que pertenecía de algún modo y pese a las diferencias de
tiempo y lugar, a ese tipo de intelectual anglo indio que en Bengala, Bombay o
Calcuta soñaban con ser ingleses refinados, con ir a Oxford o a Cambridge, con
incorporarse a la potencia dominante, que era la más poderosa y refinada de su
tiempo y que, ciertamente, hablaban el ingles mejor que Shakespeare. Muchos de
ellos lograron finalmente ser oxfordianos.
Tenían el corazón dividido o, mejor dicho, las dos almas entrelazadas.
Esos grandes intelectuales anglo indios terminaron finalmente, en muchos casos,
yéndose a vivir a la metrópoli.
Repetían, como en el caso de Borges, el drama de Paúl Groussac, un amargo
francés, notable escritor castellano, que siempre soñó con ser escritor en
Francia y que se vio obligado a seguir un, para él, oscuro destino
sudamericano.
No era ni francés ni argentino. Era las dos cosas. Esta especie de cruzamiento
intelectual entre potencia y colonia, en el caso del Río de la Plata, dio como
resultado a un gran poeta anglófilo que, desde ya, detestaba todo lo que podía
ser bien criollo, pero cuyo arte literario de tajante corte bizantino y de culto
a la pura forma, va a constituir la admiración de todos los textos literarios
del porvenir.
Baste recordar, para un último ejemplo que dedico al señor Feiling, conque
apasionada atención centenares de intelectuales hindúes, encerrados en el
inmenso continente colonial, escuchaban por las noches durante la segunda guerra
mundial, entre los golpes de interferencia de la estática de la radio y el mar,
las emisiones de la BBC dirigidas a la India como propaganda de guerra, donde
hablaban nada menos que George Orwell, el filósofo Jhoart Foster y otros
grandes espíritus ingleses sobre temas que concernían específicamente a la
tradición occidental británica y no, por supuesto, a la milenaria tradición
espiritual de la India.
Señor director, le agradecería la publicación de estas líneas y le quedo muy
reconocido por su atención.
JORGE ABELARDO RAMOS
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