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Desde
que asumiera sus funciones como Presidente de
la Nación
, el doctor Néstor Kirchner ha emprendido una feroz ofensiva personal
contra Carlos Menem y su obra de gobierno.
En los primeros tiempos podía suponerse que ese odio manifiesto era producto
de los enfrentamientos de la campaña electoral, aquella que terminara con la
victoria del ex presidente el 27 de abril del año 2003. Pero transcurrido más
de un año desde entonces, no deja de sorprender que esa hostilidad se
mantenga con tanta virulencia.
No hay manifestación pública en que el Presidente no haga alusión directa o
indirecta a la figura de Carlos Menem o a su gobierno, atribuyéndole todos
los males pasados, presentes o futuros del país.
Resulta a todas luces un recurso poco ingenioso, ya gastado por quienes
llegaron al gobierno a fines de 1999, además de ser una bofetada al
sentido común que surge de la simple comparación entre la calidad de
vida de los argentinos, durante la década del 90 y en la actualidad.
Creo, por semejanzas claramente visibles con aquella estrategia del ataque
propagandístico al último líder político que gobernó
la Argentina
, que Kirchner sigue la prédica destructiva de sus amigos —el
fracasado Frepaso y algunos aliados del radicalismo—, seguramente porque se
siente en deuda con quienes por su abandono anticipado del poder hicieron
posible que se convirtiera en Presidente, prescindiendo del requisito de las
elecciones internas partidarias sancionadas por ley.
Sin embargo, pese a ese ocultamiento deliberado de los graves daños económicos
producidos por el gobierno de
la Alianza
, nadie ignora hoy que en esa época las reservas del Banco Central se
redujeron a menos de la mitad de las que había dejado el presidente Menem,
que con el impuestazo y la rebaja de salarios se provocó una tremenda recesión,
que al avanzar sobre la convertibilidad se disparó la fuga de capitales y el
colapso financiero y que el blindaje y el megacanje aumentaron el
endeudamiento externo más que en los diez años de gestión presidencial de
Carlos Menem.
Debería recordar también el presidente Kirchner que la devaluación y la
pesificación produjeron la más extraordinaria transferencia de recursos
en perjuicio de los asalariados y los jubilados que vieron disminuidos
abruptamente sus ingresos en dos tercios, aumentando ostensiblemente el número
de pobres y desocupados.
Es cierto que antes de ser el candidato de Duhalde, el actual presidente se
manifestó en contra de la devaluación, y su esposa, desde su banca en el
Senado, votó en contra de la salida de la convertibilidad propiciada por el
entonces presidente interino; no obstante, como Kirchner también estaba en
contra de la convertibilidad, resulta difícil hoy conocer a ciencia cierta
su verdadera posición al respecto.
Con la demonización de Carlos Menem no sólo se ha buscado ocultar desde aque
llas amañadas elecciones de abril de 2003 hasta la pertinaz dificultad para
sacar al país del default mientras la curva de la indigencia y la pobreza
siguen su marcha ascendente.
También se busca ocultar un nuevo factor destinado a alterar la vida de los
argentinos: la incapacidad del Estado en la custodia del espacio público,
que pasó a ser propiedad exclusiva de quienes protestan legítimamente, de
los oportunistas ideológicos que sólo buscan la destrucción y de los
delincuentes profesionales que tienen sometida al terror a la mayoría de la
sociedad.
Resulta patético que ante esta situación de desamparo social se siga
recurriendo como respuesta ante la impotencia a repartir culpas hacia el
pasado, tratando de eludir responsabilidades propias.
¿Qué argentino en pleno uso de sus facultades mentales puede creer que esta
espiral escandalosa de delitos en todo el mapa nacional fue causada por la
gestión de Menem?
Quizá por eso, porque se ha alentado esa cultura política del odio
llena de presunciones vacías, hoy vemos entre algunos dirigentes que la
traición devenida en el eufemismo "realineamiento" es moneda
corriente y de canje a la hora de repartir cargos y negociar prebendas.
Asistimos con estupor a un coro de campeones del rencor y condena hacia el
pasado reciente, ejecutado por hombres y mujeres que ocuparon los primeros
lugares en el protagonismo en la década del 90 y estuvieron subidos al carro
triunfal de aquel oficialismo cuando las urnas en cada elección respaldaban
la acción de gobierno. Cuesta creer que ahora estén convencidos de que ahora
apuesten a un país mejor. ¿Y antes que hacían? ¿Mentían ayer, cuando
acompañaban a Carlos Menem, o lo hacen hoy, solamente para seguir en carrera?
Por eso la sabia voz de Perón lo señaló con contundencia: la única verdad
es la realidad y en el mundo civilizado, esa realidad se exhibe en cifras.
Es bueno recordarles a los arrepentidos de hoy y a los oportunistas de siempre
que las estadísticas oficiales no mienten. Los datos recogidos por el INDEC año
tras año revelan que en 1989 la curva de la pobreza alcanzaba al 47.3 por
ciento de los argentinos mientras que la de indigencia trepaba al 16.5. En
1998 habíamos logrado reducir esos guarismos al 25.9 y 6.9 por ciento
respectivamente y en el 2003 habían vuelto a crecer brutalmente al 54.7 y
26.3 por ciento de los argentinos.
Con esos datos verificables, predicar que esta caída vertical en la
calidad de vida de los argentinos obedece a la gestión de Carlos Menem no
sólo es una burla a quienes apoyaron una y otra vez su obra de gobierno, sino
que además exhibe el punto de regresión en que se hallan ancladas las
actuales autoridades, cuando pretenden gobernar construyendo otra realidad
a través de la manipulación de encuestas y del armado de una propia realidad
a su gusto y medida.
Eduardo
Menem
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