|
Domingo 03 de Abril de 2005 |
||
-Ramos, ¿cómo ha sido nuestra relación con
los "hermanos de leche" latinoamericanos?
Durante cien años los argentinos fueron superiores. Los negritos de América
Central, del mismo modo que los bananeros de la América Central, constituían
una muestra de la superioridad caucásica de la ciudad de Buenos Aires erigida
en una especie de espejo de la gran Europa. Caucásica por el supuesto tipo de
tez blanca del que se enorgullecía -no hace mucho- el ilustre pensador
contemporáneo general Albano Harguin- deguy cuando afirmaba que, por suerte,
los argenti- nos somos uno de los dos o tres pueblos del mundo de raza blanca.
Claro que, a pesar de ser Ministro del Interior, el general Harguindeguy
conocía mejor las selvas canadienses donde iba a cazar venados con Martínez de
Hoz que el partido de la Matanza, donde hubiera descubierto los orígenes
verdaderos del hombre americano. Y donde se hubiera decepcionado en su afán
vindicador de la raza blanca que él, como descendiente del conde Gogineau
(aunque sin la ilustración del conde) sostiene con tanto afán.
En los últimos cien años se constituyó en un valor entendido de los
sociólogos argentinos precedidos por alguien que era un buen escritor pero un
mal político y peor sociólogo. Domingo Faustino Sarmiento, la idea de que
nosotros somos un país de raza blanca y, en consecuencia, teníamos que
alcanzar, sobre la base de esos valores étnicos, el mismo adelanto que habían
alcanzado los países "blancos" de Europa. Son las mismas tesis de
Ramos Mejía, de Octavio Bunge y en general de todos los hijos dilectos de Comte
y de Sarmiento que, a su vez, había importado a Comte en su maleta, tras sus
correrías por Europa.
La tesis étnica fundamental que iba a determinar una constante cultural
argentina era la siguiente: el mal profundo de América era el mesti-zaje de los
españoles seducidos por la gracia y la voluptuosidad de la indias, sobre todo
en el Para-guay, cosa de la que se escandalizaba el Obispo de Asunción en un
carta al rey en la que le decía que los soldados españoles que venían a la
conquista vivían como en una morería porque tenían infinidad de mujeres. Como
se sabe, las guaraníes eran asombrosamente dulces y "permisivas"
(como habría dicho el rey avant la lettre) y en conse-cuencia se pobló de
criollos, de hijos de la tierra como se los llamaba, la ciudad de Asunción y su
comarca, derramando su influencia hacia el Río de la Plata. De modo tal que el
Obispo de Asunción, alarmado por esa situación de "pecado general"
que respondía al clima y a las delicias de la naturaleza, decía que para
muchos españoles llegados a América en la zona de Asunción, América
constituía el paraíso terrenal. Es una crónica de un obispo de Asunción del
siglo XVII.
-¿Cuál fue el resultado de esa estadía en el paraíso?
Eso produjo el mestizaje, es decir, la raza americana que, como advirtió
Bolívar, no es ni la europea ni la americana anterior al descubrimiento. Somos,
dice Bolívar, algo nuevo, una combinación de Europa y de América, somos los
criollos, los que los franceses denominaron "creoles". En eso que iba
a constituir el rasgo genérico de la existencia histórica de la América
Latina, y también de las Provincias Unidas hasta el 80, cuando se produce una
ruptura. Es la incorporación al mercado mundial, a partir del 80 y de la
llegada simultánea de grandes masas de inmigrantes de Europa, occidental y
oriental, al Río de la Plata. Ahí se produce una cesura en la continuidad
histórica y en la continuidad étnica porque aparecen miles y miles de
pobladores de raza blanca que pueblan el litoral y se establece un sistema de
tres puertos -Rosario, Bahía Blanca y Buenos Aires- que van a adquirir una
vinculación estrecha por la importación de los granos y por la importación de
cultura y vagones ferroviarios de Europa. Eso da lugar a ciertos privilegios de
colonia próspera, a unas clases medias nacidas bajo la protección de ese
intercambio y va a dar lugar a una asociación de praderas-ciudad-puerto con la
constitución de una oligarquía muy rica y parasitaria fundada en la fertilidad
pampeana, de una clase media hija de la inmigración que prospera gracias al
papel intermediario y no productivo de esa sociedad exportadora, y a un
proletariado pequeño, vinculado a industrias auxiliares, formado básicamente
por obreros inmigrantes. Todo eso se expresa en tres términos: el partido
conservador, el partido radical y el partido socialista.
-¿Qué tienen que ver los partidos con la cuestión nacional?
El partido radical escapa al cipayismo provocado por la condición europea de la
Argentina gracias a un hombre: Hipólito Yrigoyen, que vincula con su presencia
a la vieja sociedad criolla con los hijos de la inmigración. Yrigoyen es hijo
de una criolla y un vasco y en su persona sintetiza la nueva raza argentina a la
cual otorga un carácter nacional. Yrigoyen nacionaliza a los hijos de
inmigrantes bajo el sello de la reparación nacional. Eso le va a costar el
ostracismo de la prensa escrita y la cultura oficial y va a generar dentro de su
partido la antítesis de lo que él representaba: el antipersonalismo. El
radicalismo ha perdido ya todo el sentido nacional que había atesorado don
Hipólito, después de su muerte. A punto tal que la actualidad, según se sabe,
solo han quedado en el radicalismo tres personas: un yrigoyenista perdido en la
selva chaqueña llamado Luis León; el último sabattinista de Córdoba, el
doctor Mario Roberto, y el sobreviviente de la patrulla perdida del balbinismo
que es el doctor Tróccoli. Son tres últimos radicales y los tres han sido
vencidos por la oleada de cipayos que ha rodeado al doctor Alfonsín.
- Volvamos, Ramos... ¿Cómo se expresa culturalmente esa diferencia argentina
del resto latinoamérica?
Un gran historiador argentino -de los últimos que quedaban, fallecido por
desgracia hace poco, el doctor Pérez Amuchástegui- relataba una curiosa
anécdota sobre la infatuación argentina ante América Latina, hija de esta
especie de siglo europeo.
Decía que él había escuchado varias veces en medio universitarios de Buenos
Aires conversar sobre analogías y diferencias entre latinoameri-canos y
sostener que los argentinos éramos superiores. Y le causaba mucha gracia. Pero
se encontró una vez en Puerto Rico con una pareja de universitarios argentinos
y, comentando con ellos esa reiterada costumbre, luego de charlar animadamente
con la pareja, la mujer, una arquitecta argentina, le dijo: "Pero, doctor,
es que somos superiores".
Hay una superestructura cultural fundada en nuestra condición de sociedad
equitativa y receptora de los valores europeos que se ha formado a lo largo de
muchos siglos sobre una concepción eurocéntrica que ya estaba en los
naturalistas y filósofos del siglo XVIII. Entre ellos Bufón, por ejemplo,
quién afirmaba que los animales salvajes de Asia o África eran pequeños,
tanto como los indígenas y lampiños lo que para estos genios revelaba cierta
infecundidad natural de la naturaleza no europea. Voltaire, por ejemplo, decía
que en América el León era Calvo. Todos ellos ignoraban en realidad que
América no había leones sino pumas, animal que no estaba catalogado por los
europeos. En consecuencia para ellos no existía. Los simios de Buenos Aires
llegaron a sostener lo mismo. Como decía el padre Acosta en el siglo XVI,
"aquí acostumbraban los españoles de Indias a ponerle nombres españoles
a las cosa americanas" Ha llegado el momento en que los americanos pongan a
las cosas nombres americanos". El nominalismo intelectual que tiene en
Sarmiento su principal precursor (y, tras él, a todos los positivistas
americanos) iba a aplicar a América categorías típicamente europeas entre las
cuales estaba la teoría de los climas y la teoría de las razas. Según la
primera, los países cálidos favorecen las monarquías absolutas; en cambio en
los países templados florecen las industrias y los regímenes republicanos.
Según la teoría de las razas, la raza blanca genera civilización y la
amarilla o las razas de colores engendran despotismo y organizaciones tribales
sometidas a la visión aristotélica del amo y el esclavo (conforme a la cual
los esclavos lo son por naturaleza).
Europa va a tomar todas esas viejas teorías, las va a meter en un delicioso
amasijo y las va a expender en grageas para sus cipayos de las riberas del
Plata, donde finalmente surgirán un Borges o un Gino Germani que van a decir
que las masas informes que rodeaban a Rosas represen-taban la "molécula
perversa del mestizaje de las razas oscuras que impedían la organización
nacional". Gracias a Dios, ésta se produjo cuando intervino finalmente el
Litoral y ordenó el país en una Constitución. Y se van a repetir después,
hablando justamente, como decía "La Fronda", de las
"turbas"
Malolientes que rodean al César mestizo y viudal: "César por Caudillo,
mestizo por criollo y viudal porque siendo soltero tenía numerosas hijas y
relaciones con una señora viuda. La idea de "La Fronda" con respecto
a Yrigoyen va a ser capturada por la estructura cultural de la factoría
pampeana, y de Buenos Aires cuando aparece Perón. ¿Cuál va a ser la
expresión que nadie quiere poner por escrito en los primeros años pero que
todo el mundo chismorrea en Buenos Aires, en la clase media que trota detrás de
la oligarquía, esa clase media de Primera Junta que siempre sigue al Barrio
Norte? El primero que lo hace es quién lo firma, en el diario Democracia (año
1951): cabecita negra. El primero que escribió esta expresión fui yo en
términos reinvidicativos ya que nadie se animaba a hacerlo, ni los que la
repetían en tono denigratorio ni los propios peronistas porque la ley de los
peronistas es que no hay que hablar; el que habla, se jode.
-¿Qué no queda hoy de aquella sensación de supremacía sobre el resto?
No somos superiores. El empobrecimiento del país traído por Martínez de Hoz
ha equiparado a Argentina con sus hermanos de América Latina y Buenos Aires ya
no es la orgullosa Salónica de la que hablaba Lugones. Somos iguales a los
hermanos de la Patria Grande. Estamos unidos en la pobreza y tenemos que marchar
juntos desvinculados del yugo europeo. Tenemos que emprender el camino para
organizar la unión de las repúblicas latinoamericanas que soñó Simón
Bolívar. a la que volvemos tras un siglo de frágil soberbia europeísta.
Y nos encontramos con que la América Latina nos estaba esperando desde su
pobreza y su fidelidad y con su solidaridad que se puso de manifiesto cuando
tronó el cañón en el Atlántico sur. La grande Europa nos demostró que era
la encarnación de la civilización al mandarnos los gurkas degolladores a bordo
de la flota colonial, la dulce Francia -por medio del socialista Mitterrand- nos
bloqueó porque habíamos hecho un acto de agresión, un año antes de que
Miterrand bombardeara el Líbano y mandara soldados franceses al Tchad y algún
tiempo antes también de que el historiador francés Alain Rouquié nos
aconsejara desmalvinizar el país sin dar tiempo para que yo le aconsejara a
Rouquié que más bien trate él de desafrancesar el Africa.
Esto nos coloca nuevamente en lo que el amigo Methol Ferré diría de nuestras
repúblicas parroquiales, sujetas a la divisa romana "divide y
reinarás" que los imperios inglés y norteamericano impusieron en América
Latina. Yo diría ahora la parroquia entra en la historia.
La guerra de Malvinas establece un hito histórico. En Lima se anotan 40.000
voluntarios para venir a luchar y morir aquí, mientras 40.000 cipayos quieren
irse a París en ese mismo momento porque, como diría Borges, esto se siente
como un parricidio frente a Inglaterra. La guerra de las Malvinas significó un
balance crítico realizado por medio del fuego y de la muerte, es decir, de la
última ratio de la historia. Pone en descubierto la banalidad de todo el
sistema de los partidos que se horrorizan cuando enfrentamos al imperialismo
mundial y que se consagran a explicarnos que Galtieri encarna a un gobierno
impopular como si para defender la Patria tuviéramos que averiguar qué tipo de
gobierno existe. Si eso hubiera hecho San Martín en 1817 cuando vino de Cádiz
y se hubiera encontrado con que Rivadavia y Pueyrredón, dos seres detestables,
eran quienes dominaban en ese momento las Provincias Unidas y se hubiera reunido
con el doctor Alfonsín y con el doctor González Bergez (seguramente en la
Taberna del Rey, cerca del puerto de la aldea), hubieran dicho: "No este
gobierno no me gusta", y San Martín se hubiera vuelto a Cádiz donde se
hubiera jubilado como contador público nacional y seguramente hoy seríamos
súbditos del Rey de de España.
| Página Principal |
© Copyright 2000 La Patria Grande - Todos los derechos reservados |
|