Lenta,
pero inexorablemente, el agotamiento del ingenuo “modelo
productivo” implantado desde el golpe del 2001 va dejando al
desnudo las consecuencias –y los beneficiarios- de la
conmoción que terminó con el gobierno constitucional de la
Alianza e impuso el retroceso impulsado por pacto
corporativo bonaerense.
Las fotos históricas pueden ser útiles. En el 2001, la
recesión de la economía originada por la conjunción de todas
las variables internacionales más negativas para el país
(suba de la tasa de interés, caída del precio internacional
del petróleo, caída de los precios internacionales
agropecuarios, depreciación del Euro con respecto al dólar
en un 40 % con respecto a su actual valor) llenó a la
Argentina de angustia.
La decisión del presidente de la Rúa de cumplir con sus
compromisos de no devaluar la moneda y de honrar la deuda
pública argentina no fue soportada por una comunidad
política que en lugar de apretar filas para sortear la
extremadamente crítica situación nacional, aprovechó el
momento para generar la mayor concentración de ingresos de
la historia y, de paso, incrementar su utilización del
aparato estatal para fines clientelísticos que poco tienen
que ver con las necesidades ciudadanas. Sin negar la
“carencia de liderazgo presidencial” de entonces, citada a
menudo como una de las causas de la crisis, es inexcusable
el comportamiento por lo menos ingenuo y en la mayoría de
los casos diabólico de la coalición golpista del 2001/2002.
Pasemos revista. En diciembre del 2001 la Argentina tenía un
PBI de 285.000 millones de dólares, una deuda de 140.000
millones de dólares (48 % del PBI), una desocupación del 18
% y un 27 % de la población bajo la línea de pobreza; el
sueldo promedio de la economía, por su parte, era de 700
dólares y la tasa de inversión se encontraba en el 25 % de
ese PBI (o sea, más de 70.000 millones de dólares al año).
La balanza comercial era equilibrada pero el fuerte
desequilibrio del balance de pagos reflejaba la enorme
incertidumbre que el escenario internacional le provocaba al
país.
Frente a este escenario, la propuesta oficial del gobierno
fue entonces concentrar todas las fuerzas del país en
respaldo de una renegociación voluntaria exitosa del tramo
externo de la deuda para febrero del 2002, con el propósito
de reducir en un 40% el peso de los intereses –como lo había
logrado en el segmento interno- y luego de ese canje, que
derivaría en la sustancial caída del “riesgo país” marchar a
una paulatina flexibilización cambiaria controlada. Fue el
modelo que siguió luego el Uruguay, con el éxito que todos
conocemos. Aún se recuerda la actitud del Frente Amplio, que
en el momento más difícil de la crisis informó a los
uruguayos por boca de su Jefe (el hoy Presidente Vázquez)
que esa formación política, fuertemente crítica del
Gobierno, había decidido sin embargo silenciar su voz para
que el Presidente de la República, Jorge Batlle, sintiera el
respaldo de todo el Uruguay en su renegociación con el FMI y
los acreedores. Podríamos imaginar lo que sería hoy la
Argentina si hubiera tomado ese camino sorteando su problema
de deuda y aprovechando el fuerte impulso favorable que
desde entonces le dio la situación internacional, sin haber
caído en crisis: claramente, estaría liderando la
modernización y el crecimiento en la región.
Lejos de eso, lo que ocurrió en la Argentina fue la
confluencia de la oposición justicialista con importantes
dirigentes bonaerenses del propio partido de Gobierno (UCR),
con el propósito de interrumpir el gobierno constitucional,
retomando la decadencia de décadas. El Presidente, sin base
política, sin capacidad de liderazgo y jaqueado por la nueva
alianza golpista, renunció.
Las medidas de la nueva gestión implicaron una grotesca
transferencia de ingresos hacia los grandes conglomerados
del empresariado más parasitario y hacia el “establishment”
político más tradicional. ¿Desde dónde? Pues desde cuatro
grandes fuentes:
1. Los ahorristas. Es decir, los argentinos con hábitos
austeros, previsores, que habían guardado sus pequeños o
grandes capitales fruto de su esfuerzo y su trabajo en
cuentas bancarias o ahorros previsionales para prevenir su
futuro, para alguna inversión fija como su vivienda, o
simplemente, para acrecentar su capital.
2. Los asalariados, trabajadores del sector público y
sector pasivo. Fueron los grandes perdedores. Sus sueldos se
pulverizaron en el caso de los sectores más bajos. En los
casos de los asalariados de los niveles más elevados cuyos
consumos incluían bienes de origen internacional, su poder
de compra se redujo en más del 50 %.
3. Las empresas extranjeras que habían invertido en la
modernización del sector público. Las que habían concurrido
a la convocatoria del país cuando la palabra “Argentina” era
mala palabra en el mundo luego de las hiperinflaciones de
1989 y 1990, y que generaron el gran salto modernizador en
las telecomunicaciones, la energía eléctrica, el petróleo y
la petroquímica, la infraestructura, el agua potable, vieron
burlados sus contratos con el argumento de la crisis y
sometidas a la demonización y el escarnio.
4. Los acreedores del sector público. La deuda del Estado
fue unilateralmente licuada en un 65%, reconociéndose
alrededor del 35% de la acreencia, produciendo un daño de
largo plazo en el ranking crediticio y el prestigio
internacional de la Argentina.
Ello pudo
hacerse con un diseño de acumulación política asentado en la
canalización de la frustración hacia el renacimiento de
viejos odios aún no extinguidos cuya superación había sido
tarea persistente de los sucesivos gobiernos democráticos
durante dos décadas; un mensaje nacionalista-autoritario
cercano al viejo peronismo tradicional; un cambio amañado de
la Corte Suprema de Justicia –posibilitado por el extremo
desprestigio de la anterior- que legitimaría las
aberraciones jurídicas del nuevo escenario político; la
demonización de los gobiernos anteriores de Menem y de la
Rúa (uno de los cuales, el de Carlos Menem, había sido
sostenido por el propio nuevo presidente durante su gestión
como Gobernador de Santa Cruz); la manipulación escandalosa
de las normas electorales (que continúa) según la
conveniencia de la alianza golpista; el estricto control de
la opinión pública a través de un manejo corrupto de la
relación con el periodismo agravado por la persecución
implacable de cualquier voz opositora; la imposición de una
mediocridad obscena en el debate político y periodístico y
el desmantelamiento y fragmentación de la oposición
producido luego de la participación del los importantes
dirigentes del radicalismo bonaerense en la ofensiva
golpista contra el gobierno de la Alianza.
¿Cuál es
la fotografía a casi cuatro años del golpe?
El
Producto Bruto Interno cayó a 135.000 millones de dólares
(un 50 % inferior). La deuda pública del país, a pesar de su
tan mentada “licuación”, y sumando todos sus componentes
(deuda histórica licuada, deuda emitida luego del default y
deuda antigua que no aceptó las condiciones del default) se
mantiene en los mismos niveles nominales que antes de la
caída, pero ahora con el incremento de las demandas de las
empresas ante el CIADI, que suman alrededor de 20.000
millones más. La relación “Deuda pública-PBI”, que en el
2001 era del 48, pasó al 120 %.
La población bajo la línea de pobreza, que en el 2001 era
del 27 %, supera el 50 % (casi el doble).
El salario medio de la economía es en el 2005 de 690
pesos, equivalentes a 250 dólares (poco más de un tercio que
en el 2001).
La tasa de inversión no llega al 20 % del nuevo PBI, y
equivale a 27.000 millones de dólares (el 30 % de la del
2001, en valores reales).
La desocupación, deducidos los planes Jefes y Jefas de
Hogar, alcanza al 18 % -o sea, el mismo nivel del 2001-.
En otras palabras, la Argentina de 2005 es, en términos "per
capita", la más endeudada, la más injusta y la más miserable
de los últimos cien años. En dólares constantes, el PBI "per
capita" de la Argentina de Kirchner es el mismo que el de la
Argentina de Yrigoyen, en 1928.
Y todo ello se da mientras, exactamente a la inversa del
2001, todas las circunstancias externas se han conjugado en
favor de la economía argentina. Las tasas de interés
internacionales son de las más bajas de la historia, los
precios de los productos agrarios están cerca de sus topes,
el petróleo a 60 dólares el barril genera enorme una renta
adicional para las finanzas públicas y la relación
Euro-Dólar ha invertido su valor potenciando el poder de
compra de los clientes tradicionales de la Argentina. Todo
ésto sumado a que la demora en la normalización de las
relaciones financieras internacionales generó un “colchón”
de más de dos años sin pagar obligaciones externas.
Frente a este escenario, la reflexión obvia debiera ser: la
Argentina está por dar el gran salto. Sin embargo, la
desaceleración económica es un hecho, la inflación se
instala nuevamente en dos dígitos y la conflictividad social
crece.
¿Qué es lo
que ha ocurrido? ¿Qué está pasando?
Suele
afirmarse que frente a una situación de bonanza, caben dos
actitudes posibles: aprovechar la bonanza para arreglar lo
que está mal; o aprovechar la bonanza para disimular lo que
está mal. Desgraciadamente, el camino tomado a partir del
2002 fue este último.
La Argentina ha reducido la confianza en su propia
convivencia, requisito ineludible para potenciar un círculo
virtuoso. No hay argentino que no desconfíe de quien tiene a
su lado. El ejemplo tramposo del Estado, reiterado
diariamente como valioso por el Presidente, no provoca otra
cosa que la profundización de esta sensación. El descrédito
internacional de la Argentina hace sintonía con el
descrédito interno de lo público, y de todas las relaciones
económicas privadas que requieren confianza. El disvalor de
apropiarse de lo ajeno es moneda corriente, reiterado por el
propio Estado cuando, sin debate alguno y sin otra fuente
legal que la discrecionalidad presidencial, modifica tasas,
haberes o impuestos con los que arrebata o distribuye
porciones leoninas de riqueza a jubilados, empresarios y
productores.
La política económica del presidente Kirchner ha jugado
entre los extremos de forzar la recuperación de la demanda
sin generar inversión, y en generar su “auto-respaldo”
político desatando los instintos más primarios e
irracionales del populismo ingenuo que le permitan cerrar la
economía sobre sí misma. Cierto es que la sensata actitud
del Ministro de Economía ha logrado evitar las posiciones
más extremas, pero es indudable que la brecha entre las
visiones más lúcidas del propio grupo de gobierno con las
manías inmaduras y autoritarias del presidente difícilmente
salden con el triunfo del primer grupo.
Ello pronostica que el agotamiento del modelo autocalificado
irónicamente de “productivo” es virtualmente inexorable.
Éste, en efecto, simplemente significó la reactivación del
aparato económico argentino, al que se lo liberó durante
tres años del peso de sus obligaciones externas (por el
default) y se le inyectó la capacidad de demanda generada
por la nueva situación internacional favorable. Pero ésto
llega a su fin: para seguir creciendo, hacen falta
inversiones “de las grandes”: gasoductos, centrales
eléctricas, infraestructura, transporte, comunicaciones.
Incluso agua potable y saneamiento. Sin embargo, esas
inversiones son reacias con un marco legal que no ofrece
seguridad jurídica, con un Parlamento que no debate leyes y
que ha delegado sus facultades en el Poder Ejecutivo, con un
Poder Judicial que dicta sus sentencias mirando de reojo a
la Casa Rosada y con un sistema político sin transparencia
en el que los fondos públicos se manejan con la
discrecionalidad del patrimonio personal de los gobernantes
-aunque sin el mismo celo.
Para reemplazar con inversión pública esa ausente inversión
privada en infraestructura sería necesario mantener un
creciente superávit fiscal destinado a tal fin, lo que es
contradictorio con la construcción clientelística del poder
que requiere persistir en elevados gastos corrientes.
Mantener arbitrariamente el valor de la divisa en el nivel
que “quiere” el presidente (alrededor de tres pesos por
dólar) demanda un superávit fiscal mayor aún, para financiar
esa "intención" comprando dólares en el mercado por encima
de la demanda normal de la economía. Hacerlo con simple
emisión monetaria reforzará la inflación –como lo está
haciendo- y la alquimia de neutralizar esa emisión espuria
con la colocación de deuda pública que la “absorba” generará
un creciente costo fiscal, demandante de mayor superávit
aún, y el renacimiento de la pura especulación financiera de
corto plazo. Paralelamente, la recuperación inflacionaria de
los precios irá en este caso “licuando” el nivel de tipo de
cambio, vis a vis con el índice de precios.
El curioso razonamiento de que “ahora que crecimos, debemos
repartir”, que se escucha en el rudimentario análisis de los
reclamos salariales del gremialismo que apoyó el golpe y la
devaluación pretende ignorar que los salarios miserables son
la condición filosófica del modelo, ya que la recuperación
salarial alejaría las ventajas del “dólar de tres pesos que
quiere el presidente”. Para mejores salarios, no hay otra
vía que más capacitación. Si los salarios crecen en el marco
de este modelo, la válvula de escape será el descontrol de
todas las variables (precios, tasa de interés, tipo de
cambio y arbitrariedad estatal) retornando el caos, ya que
el modelo no se justifica a sí mismo como buscando salarios
altos, sino garantizando alta rentabilidad a los empresarios
“protegidos”, lo que no es compatible con el incremento
salarial reclamado. Para hacer crecer los salarios debiera
existir una fortísima inversión en capacitación laboral,
investigación aplicada y educación, lo que no es
precisamente lo que vemos con el récord de días de clase
perdidos por la inexistente política educativa.
O sea: el modelo "se queda sin nafta". Y, como vimos más
arriba, en un nivel en el que ni siquiera recuperó la línea
de partida. Ello era inexorable, como lo adelantamos en
oportunidad del Acuerdo con el FMI en 2003. Pero lo más
dramático es que en esta dirección, la Argentina nuevamente
se queda sin futuro.
¿La
Argentina tiene futuro?
Por
supuesto que sí, pero nunca con este rumbo. El futuro que
espera al país siguiendo esta dirección es una creciente
tensión social trasladada a la política, conmociones
económicas cada vez más amplias frente a estertores de
autoridad estatal dando manotazos económicos hacia uno u
otro lado y crecientes violaciones a los derechos de las
personas con apropiaciones indebidas de patrimonios
particulares, con el Estado convertido en un “gran ladrón”.
Ya hemos vivido ésto en 1975, 1989/1990 y 2001/2002 y su
reiteración ya se insinúa, con la manipulación de las
"retenciones". Dentro de este esquema, el límite al
crecimiento es lo que tenemos hoy y en términos sociales y
políticos, creciente inseguridad e incertidumbre.
El futuro exitoso de la Argentina, por el contrario, está en
retomar la senda del estado de derecho. No se inventa la
pólvora al afirmar que se requiere transparencia,
institucionalidad y federalismo fiscal. Plena vigencia del
parlamento, especialmente en el plano impositivo, e
independencia de la justicia. Respeto irrestricto a los
derechos de las personas. Políticas económico-sociales
inclusivas sin dejo de clientelismo, con la finalidad de
incorporar a la producción a los argentinos en condiciones
de trabajar, pisos de dignidad para niños, ancianos y
desvalidos a través de programas públicos cuidadosamente
alejados de la estructura política, fuerte inversión en
educación pública y en el sector científico-tecnológico, y
respaldo económico e institucional a los emprendedores e
innovadores en el marco de la recreación de los premios y
castigos apoyados en los tradicionales valores de trabajo,
educación, asunción de riesgos y capacitación permanente.
Escrupuloso respeto a las obligaciones del Estado para
recuperar el prestigio internacional y la credibilidad del
Estado argentino. Intransigencia frente al delito y los
delincuentes, ricos o pobres. Alineamiento del país con las
normas homologadas por la comunidad internacional exitosa,
desarrollando en el marco de esas normas una lúcida
estrategia nacional.
Con esos pasos, la Argentina podría recuperar su marcha
ascendente luego de setenta y cinco años de caída libre.
Pero no vemos estas medidas en la agenda del presidente
Kirchner, ni tampoco en la agenda predominante del debate
público. Lamentablemente, todo parece indicar la
persistencia en el rumbo trazado, con lo que la repetición
de las viejas crisis de las siete décadas de estancamiento
sólo es cuestión de tiempo. Quizás entonces sea el tiempo de
reaccionar y que los dirigentes sanos y tolerantes que
queden en la UCR, en el ARI, en RECREAR, en las fuerzas
provinciales, liberales y socialistas, e incluso en
dirigentes lúcidos del peronismo recuerden que su obligación
principal es con el país más que con la intemperancia de la
divisa y reconstruyan una gran coalición republicana
recuperando lo valioso de la Argentina. Ello es posible
porque ninguno de los temas de agenda mencionados,
imprescindibles para el relanzamiento argentino, son
intrínsecamente contradictorios con la ideología de ninguno
ellos.