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Al cumplirse seis meses del
segundo período de gobierno de la familia Kirchner, el balance que dictan los
estudios de opinión pública es inequívoco: tanto la presidente como la
administración oficialista reciben mayoría de calificaciones negativas. La
caída de imagen de la presidente y el rumbo que imprime a la gestión su esposo,
que actúa como gran timonel del gobierno, inquietan seriamente a varios
ministros y a algunos de los dirigentes justicialistas que tienen que dar la
cara por ellos.
De esos seis meses, la mitad
fue consumida por el conflicto con el campo –es decir, con el sector más
competitivo y extendido de la producción nacional-, una pelea extenuante,
gatillada por una disposición de cuestionada legalidad y de chapucera
confección, cuyos errores, que condujeron a la renuncia del ministro que la
redactó, admitió el propio oficialismo. Pese a esos rasgos, el gobierno
estableció como cuestión de honor la terca defensa de la medida y se empeñó en
una batalla de la que sólo considera digno emerger después de hacer hocicar a
cualquier costo a los productores que la impugnaron.
Hay coherencia entre el
aislamiento internacional en que el gobierno ha sumido al país (y que parece
preferir) y su voluntad de aplastar al sector agrario: el campo es la llave
maestra para la inserción competitiva de Argentina en el mundo. Imponer la
lógica oficialista en la producción agraria –el "modelo" kirchnerista
centralista y confiscatorio- es tirar al mar la llave de la inserción mundial de
la Argentina.
Exponiendo su curiosa
concepción del orden y el gobierno, Néstor Kirchner arengó esta semana a los
suyos (un grupo que vacila con el paso de las horas y se encoge con el paso de
los días) afirmando que serán los productores agrarios, y no el gobierno, los
que "tendrán que asumir los costos" que impone la prolongación de la pulseada.
Como si la misión gubernamental consistiera en tirar la piedra, esconder la mano
y observar el paisaje. En rigor, el campo dio reiteradas muestras de su
disposición a arreglar las diferencias por la vía de la negociación, mientras el
gobierno optaba por cortar las instancias de diálogo, decidir medidas
unilateralmente y echar leña al fuego, con palabras, con gestos y con hechos.
A mediados de la última
semana, la irrupción en el escenario del conflicto de un nuevo actor pareció una
nueva jugada dispuesta por el oficialismo para hostigar a los productores y
culparlos de las consecuencias: los camioneros transportistas de grano
decidieron bloquear totalmente rutas en las provincias agrarias, amenazando el
abastecimiento de amplios sectores de la población. Pese a que el bloqueo afectó
desde el principio a centenares de sus afiliados que quedaron paralizados por
los piquetes de los transportistas, el oficialista Sindicato de Camioneros de la
familia Moyano aplaudió los bloqueos, mientras el ministro de Interior,
Florencio Randazzo los consideraba "justificados" por "el paro salvaje" del
sector rural. Concentrado en las palabras, la inacción del ministro era una
confesión de impotencia ante el desabastecimiento potencial y el cumplimiento de
la consigna de Néstor Kirchner: pasarle la factura de todo y de cualquier cosa a
las entidades agrarias.
Puesto que el oficialismo se
desentendía de todo lo que no fuera la terca insistencia en las resistidas
retenciones móviles y la búsqueda de una derrota del sector rural, otros actores
asumieron la responsabilidad de buscar soluciones –o, al menos, salidas- al
largo conficto.
El jueves, tras una reunión de
urgencia de la Conferencia Episcopal, la Iglesia, preocupada por las amenazas
contra la paz social y por la posibilidad de que "nuestras relaciones sigan
marcadas por la confrontación", solicitó "encarecidamente" a la señora de
Kirchner la convocatoria "con urgencia a un diálogo transparente y
constructivo", exhortando a un gesto de grandeza. Pidió simultáneamente a los
ruralistas que reconsideraran sus estrategias de protesta, pues ""no es una las
calles ni en las rutas donde solucionaremos los problemas", por justas que sean
las reivindicaciones.
Ese mismo día, el gobernador
de Santa Fé, el socialista Hermes Binner, convocaba a una asamblea de fuerzas
vivas –una suerte de cabildo abierto- en la sede del gobierno provincial y
promovía una declaración convergente con la exhortación de los obispos. Sugería
a la Presidente que retrotrajera la situación al día anterior a la imposición de
las retenciones móviles y citara al Consejo Nacional Agropecuario ampliado (un
ente que reúne a los gobiernos de provincias, al de la Nación y a las entidades
del campo) para debatir en ese ámbito una política agropecuaria en la que tengan
participación todos los sectores involucrados. Y pedía a los sectores rurales
que pudieran fin al paro agropecuario.
También el jueves, el Defensor
del Pueblo de la Nación, Eduardo Mondino, llamó a las entidades rurales, al jefe
de Gabinete Alberto Fernández y al ministro de Economía Carlos Fernández a una
audiencia a realizarse el lunes 9, para buscar una solución al conflicto. El
funcionario reclamó como condición que al momento de producirse la reunión no
debía estar en vigencia ninguna medida de acción directa.
Al día siguiente, haciéndose
eco de esos pedidos, las entidades anunciaron –tras una extensa deliberación y
frecuentes contactos con las asambleas de base en todo el país- que el paro
agrario cesaba el último minuto del domingo 8. Fue una decisión fuerte: los
directivos de la Federación Agraria, Las Confederaciones Rurales, Coninagro y la
Sociedad Rural asumieron ese nuevo gesto de distensión mientras desde el
gobierno continuaban emergiendo palabras de hostigamiento, que con las horas
tomarían como blanco también a la Iglesia y a los gestos de Binner y Mondino.
Las respuestas parecen adelantar la actitud que el oficialismo mantendrá la
próxima semana: insistir con la defensa de las retenciones móviles.
"Es casi irrespetuoso que le
pidan un gesto de grandeza al gobierno -replicó el ministro de Justicia Aníbal
Fernández a la Iglesia y a Binner-; quienes lo están pidiendo debieran estar
asociados a la idea de igualdad".
En cuanto a la convocatoria
del Defensor del Pueblo, los voceros oficiales pusieron en duda la asistencia de
los representantes del gobierno, porque –argumentaron- éste "no necesita de
mediadores". Mondino les respondió de sobrepique: "Lo mío no es un a mediación,
es una acción legal. Si los convocados no concurren estarán quebrando la ley.
Los funcionarios deberían conocer la Constitución".
No sólo en ese aspecto hay
gente que duda de ese conocimiento. Varios constitucionalistas sostienen que
las retenciones que le han permitido al gobierno disciplinar a tantos
gobernadores e intendentes son inconstitucionales, ya que se trata de impuestos,
y estos deben ser aprobados por el Congreso. El principio de "ninguna imposición
sin representación" es un rasgo característica de los regímenes legales de
Occidente. Que el Poder Ejecutivo decida unilateralmente la imposición (y que,
además, merced a los superpoderes, disponga el destino de los recursos ignorando
la Ley de Presupuesto) equivale a que en un edificio de propiedad horizontal
haya vía libre para que sea el administrador (y no los copropietarios) quien
decida sin apelación el monto y la asignación de las expensas.
Las retenciones móviles tras
las que el gobierno se atrincheró tienen además estas objeciones: ni siquiera
fueron fruto de un decreto presidencial, sino de una reglamentación de menor
jerarquía, una resolución ministerial (del mismo ministro que fue despedido por
suscribirla); su alcance, por otra parte –al imponer cargas que van desde el 45
por ciento a eventualmente, un 95 por ciento del diferencial de precio- es
confiscatorio, a la luz de fallos previos de la Corte Suprema, que consideran
expropiatorias gabelas "cuando superan –ha explicado el doctor Félix Loñ- el 33
por ciento del valor de la propiedad o de la renta".
Obcecado en la defensa de una
norma de vidriosa constitucionalidad y en un objetivo de cuestionable sensatez
(doblegar al sector económico más extendido en el país, más competitivo y al que
genera más puestos de empleo directo e indirecto), el segundo gobierno de los
Kirchner llega a su sexto mes con el aliento entrecortado de quien estuviera ya
al final de una competencia que, en rigor, recién empieza. Si el gobierno
mantiene su postura, el conflicto continuará. El campo y el interior modificarán
sus estrategias, pasarán de las rutas a las plazas, movilizarán las
instituciones, seguirán trabajando, cada vez con más compañía, sobre el frente
interno del gobierno. Es el gobierno el que impone la pelea. Habrá que ver quién
se impone.
Jorge Raventos
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