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Miércoles 16 de Noviembre de 2005 |
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LA SEMANA TRÁGICA FRANCESA
La República de la Igualdad ha mostrado su costado más perverso. “Dime de que alardeas y te diré de que careces” dice el dicho y en Francia cobra un enorme sentido. ¿Que han hecho con sus filósofos de exportación? ¿En que recodo de la historia han perdido sus propuestas más progresistas? ¿Circulan acaso, sólo, en el mundo de las ideas o sencillamente han sido olvidados?
Francia pareciera ser, sólo, un discurso. El espíritu de la Legión Extranjera renace a su interior.
Luego de dos o tres generaciones de inmigrantes, el país de los Derechos Humanos, poco o nada ha hecho por incorporar a su seno a los cientos de miles de extranjeros que habitan en sus orillas. Arrumbados en los extremos de las ciudades, los inmigrantes ven pasar las horas y los días sin lograr el reconocimiento social. ¡De eso se trata el conflicto!
Tienen acceso a la educación, a la vivienda, a la salud, a los seguros sociales, sin embargo la sociedad francesa no los acepta y ellos se enteran. No son sujetos de reconocimiento social. Son mal vistos. Y esto no puede arreglarse con leyes. La generosidad está en el alma y es ajena a los digestos. Es un problema educativo y de formación ciudadana. Francia ha perdido doscientos años.
Los argentinos de estos temas conocemos y mucho. Lo pasamos ya, claro, no sin inconvenientes, pero somos una sociedad más abierta, generosa y condescendiente que la francesa. Al menos no hemos sido un Imperio demoledor de ilusiones y nacionalidades.
Hemos tenido lo nuestro, sí, y es bueno que lo recordemos para evitarnos tragos amargos.
El ingreso de extranjeros al país presentó características más dramáticas que la que hoy atraviesa Francia.
Entre 1860 y 1920 llegaron, aproximadamente, seis millones de personas, quedándose para siempre la mitad. Los censos realizados en el período revelaban lo siguiente
1869 1.769.000 habitantes
1897 3.900.000 habitantes
1914 7.900.000 habitantes
Otra medición, en este caso en Capital y a comienzos del siglo XX, informaba que de cada tres personas solo una era argentina. Si tomamos el final del ciclo, 1914, y lo medimos con la cantidad de inmigrantes ingresados podemos apuntar que, en el mejor de los casos, el 50% de la población era extranjera aunque en el 50% restante es decir los criollos ¿cuántos de ellos eran hijos de inmigrantes?
Más allá de las matemáticas el peso de la población extranjera fue formidable. Lamentablemente hubo reacción, brutal y despiadada, como las matanzas de Tandil en enero de 1872 o la acción intelectual de un manípulo de pensadores: La restauración nacionalista. Pero los inmigrantes fueron integrados.
LA SEMANA TRAGICA ARGENTINA
Los acontecimientos de enero de 1919 en Buenos Aires presentan cierta similitud con los incendios franceses, claro noventa años antes. Naturalmente gran parte de la literatura histórico-política que abordó los hechos los analizó desde la perspectiva de la lucha de clases o desde la reivindicación social, sin embargo una mirada más moderna puede acercarnos a otro costado. Veamos lo que decía un observador y testigo de los hechos:
“Estaba de mañana en una casa de la calle Ecuador cerca de la esquina de la de Córdoba, en la que habíamos quedado en encontrarnos con mi mujer.
Nada hacía sospechar el estallido, cuando de pronto llegaron a mis oídos los gritos destemplados inequívocos de un tumulto. Al asomarme a la puerta pude ver al grupo de alborotadores que había detenido a un ómnibus y que obligaba a descender a su numeroso pasaje. Inmediatamente hicieron descender también al conductor y al guarda que salieron en silencio y de mala gana.
Vi como el interior del vehículo era rociado con líquidos que derramaban de unas botellas y vi como en un instante era envuelto por las llamas.
El espectáculo me resultaba indignante no tanto por el atropello del incendio, como por la loca alegría de los bailes, los saltos de danza salvaje, y los gritos de los desenfrenados autores del atropello.”[1]
Comenzaba la Semana Trágica de enero de 1919. El barrio de Nueva Pompeya epicentro de los conflictos había caído en su totalidad en manos de los revoltosos. Se quemaban, autos, carros, negocios y fábricas, hasta el auto del Jefe de la Policía fue incinerado.
Nueva Pompeya como su nombre lo indica era una nueva formación barrial, la última de la Capital frente al empuje extranjero. En el barrio se habían asentado los últimos inmigrantes ingresados. Lo notable del caso fue que los mayores desmanes, podría decir los únicos, fueron ocasionados por los adolescentes sin escuela y con trabajos precarios, y los niños de las escuelas primarias. Como se observa en la foto que adjunto, y corrobora el Diario de Sesiones de la Cámara de Senadores año 1919:
“Y lo que es muy grave y debe llamar muy seriamente la atención, es la participación que han tenido numerosos niños y jóvenes de diez a veinte años en estos sucesos lamentables; ellos han desempeñado el rol de avanzados, ellos han sido los primeros en tirar la primera piedra, los primeros en encender la primera tea como consigna de ataque”
De haber triunfado los revoltosos ya tenían candidato para la Jefatura Policial capitalina un eslavo llamado de varias maneras Juan Selestuk o Macario Ziazin.
La Semana de enero fue ahogada en sangre y generó una ola de “patriotismo” xenófobo de algunos grupúsculos de “niños bien” Sin embargo y lo trascendente fue que la represión la ordenó el Gobierno de Irigoyen, expresión política de las clases medias en ascenso de origen inmigratorio. Quizás haya sido esa la razón de su autoridad, al fin y al cabo el caudillo de Balvanera era la síntesis entre el pasado criollo y federal y la oleada inmigratoria.
Más allá de estos luctuosos sucesos el inmigrante se integró al país. Y esto no sólo es mérito de los que vinieron, sino y fundamentalmente de quienes los hemos recibido. Si para la élite el aluvión era algo desagradable y de mal gusto, para los sectores populares no pasaba de mofas y chanzas en los patios del conventillo. La ciudad los incluyó.
En la Argentina merced a la ley 1420 del Gobierno de Roca y la acción política de Irigoyen la inmigración no dejó de ser un problema pasajero.
Francia debe comenzar de nuevo.
Claudio Chavez
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