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A poco de asumir la Presidencia, Frondizi invitó a cenar
a Olivos a Don Arturo Jauretche. El hombre de Lincoln había trabajado fuerte
para el triunfo electoral de la UCRI con el sólo afán de derrotar al candidato
de la Revolución Libertadora, Balbín. ¡Y vaya si lo había logrado! No obstante
el éxito, el hombre del habano comenzaba a mirar torvo a los vencedores.
La cena procuraba acercar a
Don Arturo con Frigerio. Todo inútil. Jauretche no aceptó el convite, recelaba
de Rogelio. No tenía sentido la charla. De todos modos el ágape se realizó con
el Presidente y su familia. Jauretche lo relata del siguiente modo:
“En el momento de las ensaladas le pregunté al doctor
Frondizi si las 500 páginas de Política y Petróleo las iba a comer con aceite y
vinagre, con un no muy delicado rasgo de humor negro que solo puedo justificar
en la honda pesadumbre patriótica que sentía y en el triste fin que le preveía
al dueño de casa.” (Jauretche, Arturo: Mano a mano entre nosotros. A Peña Lillo
editor. Bs. As. 1983. Pág. 75)
Luego vinieron la Ley de enseñanza libre, los contratos petroleros, las
inversiones extranjeras, la devaluación, la intervención del Lisandro de la
Torre, Alsogaray, el plan Conintes, matizado como corresponde con un discurso
progre, donde no faltaba su amistad con Fidel, el Che y su absurda
intermediación entre EE.UU. y Cuba.
No pudo evitar la huida del grupo Alem: intelectuales de izquierda que
comenzaban a perder la inocencia. Así se marcharon Ismael Viñas, Babini, Noe
Jitrik, Ricardo Rojo, entre otros. ¡Una enorme desilusión!
El frodizismo mostraba su rostro de ecuanimidad.
Y como decía Jauretche así le fue.
El mundo de aquellos años era favorable a los ideales de
izquierda. La URSS enviaba satélites espaciales y una perra al espacio. Yuri
Gagarín orbitaba. La experiencia Sputnik era exitosa, Castro triunfaba frente a
las costas norteamericanas, Argelia se rebelaba y Vietnam marchaba en esa
dirección. No obstante esos vientos favorables, Frondizi los embromó. Su
discurso progre fue para sumar giles. Sin embargo las mentiras se pagan. Se
quedó sin los amigos y jamás sumó a los otros.
Hoy cincuenta años después, con el comunismo desaparecido,
la URSS pulverizada, y el capitalismo triunfante por todo el orbe, a pesar de la
crisis o por ella, hay quienes siguen creyendo en las utopías de la salvación
por todos, la igualdad impuesta a golpes de efecto y el estatismo como dogma
subyugante. Para ellos: el Socialismo del siglo XXI se ofrece como la gran
alternativa.
Francamente una formidable impostura. ¡Una extraordinaria
simulación!
El Gobierno (de Kirchner, primero y el de su mujer, ahora)
no ambicionan tanto. Coquetean, sí, con el absurdo de un progresismo nacional y
popular, y durante todos estos años engrupieron a los giles que se dejaron
seducir por el largo dolor de la orfandad. La necesidad imperiosa de la
compañía comprada.
Lucieron como políticos progre a tono con las demandas de una izquierda
retrógrada y de un nacionalismo anacrónico. Le insuflaron energías, les hicieron
creer que no todo estaba perdido. Se ofrecieron como Mesías salvadores de la
utopía irredenta. ¡Y les creyeron!
Hoy la Presidenta agacha la cabeza. No los puede mirar de frente. Sabe que los
defrauda. ¿Pero que puede hacer? La realidad se impone dolorosamente.
En sus nueve meses de gobierno produjo un viraje impensado.
Retrocede en todos los frentes. Paga a todos y por demás, FMI, Club de París,
los fondos buitres, a pesar de que el Parlamento en su momento cerró la
discusión. Sube las tarifas, impide la rediscusión de los salarios, enfría el
dólar, habla de los males del proteccionismo, contiene las jubilaciones, reduce
los subsidios, da conferencias de prensa, sonríe, se comporta como una mujer
tierna y sensible. ¿Qué más? ¡Solo le falta ir a misa e hincarse a rezar!
De a poco va perdiendo a sus amigos y no gana nuevos.
El campo cambió la historia y los mohines de fémina fatal
no le alcanzan para ganar la confianza y la simpatía de los chacareros.
¿Qué queda entonces?
Sencillamente el matrimonio tendrá como mérito haber
conducido a la izquierda y al progresismo a un callejón sin salida o lo que es
peor a bañarse en las tibias aguas de los 90’.
Como decía Jauretche que triste el fin que les espera.
Al peronismo le cabe en esta hora la responsabilidad de
entender cual es su rol, cual su ubicación en el tablero de la política mundial
y argentina.
¿Redobla la apuesta por izquierda? ¿Refuerza el perfil
progresista? ¿Critica el viraje cristinista desde posiciones de peronismo viejo?
O acepta, sin culpas, las nuevas verdades que a golpes de realidad sacuden al
gobierno. Este es el debate que el peronismo debe darse. Urge hacerlo de no
ocurrir la próxima presidencia tendrá otro signo.
Claudio Chaves
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