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Panorama
político nacional de los últimos siete días
La renuncia de Alberto Fernández estalló sorpresivamente tras las
trincheras de la residencia presidencial de Olivos. Los Kirchner se enteraron
por la tele de que el jefe de gabinete de ambos y el, en cierto sentido,
cofundador y cateto (o hipotenusa) del poder kirchnerista se excluía e del
triángulo y abría un hueco más difícil de reparar que el que una semana antes
había producido Julio Cleto Cobos con su voto en el senado.
Fernández se fue sin pedir permiso, aunque lo venía anunciando.
Amigos de Fernández aseguran que para él las últimas semanas fueron muy duras:
tuvo que soportar la irascibilidad de un Néstor Kirchner que incrementa su furia
cuando se ve obligado a retroceder; tuvo que tragar amargo y escupir dulce
mientras allegados al matrimonio presidencial lo golpeaban por los medios con el
evidente amparo de la pareja. Se sabía que mantenía una tensa relación con
Julio De Vido, que era sospechado y celado por la llamada "pingüinera" (el
círculo de funcionarios que creció a la sombra de los Kirchner en Santa Cruz),
que no quería más en el gobierno a Guillermo Moreno mientras Kirchner lo
sostenía. A esas certezas, se agregaron otros datos que Fernández dejó filtrar
a los medios en el instante mismo en que abandonaba el triángulo: sus reparos
sobre el tren bala y la estatización de Aerolíneas Argentinas; su juicio
negativo sobre la costumbre oficial de no escuchar a la sociedad, sobre el
manejo del conflicto con el campo y sobre las torpezas cometidas en su momento
en relación con el affaire Antonini Wilson. También sus divergencias con la
política del gobierno en relación con la prensa.
Si el voto "no positivo" del vicepresidente en el debate
parlamentario sancionó la derrota de los Kirchner en la disputa por las
retenciones móviles, la renuncia del jefe de gabinete evidenció con elocuencia
incontrastable que la dimensión de la derrota va mucho más allá de ese episodio.
"Tenemos que empezar de nuevo", les dijo Fernández a varias decenas de amigos y
seguidores que lo rodearon el viernes en el Club Español de Buenos Aires. En las
legiones albertistas, algunos comparaban la renuncia de su orientador con la
de Chacho Alvarez ante De la Rúa., por las consecuencias que el hecho podría
acarrearle al gobierno. Otros trazaban un preocupado e hipotético paralelo con
la dimisión de Carlos Grosso como intendente porteño en 1992, después de la cual
Grosso padeció una seguidilla de juicios de los que recién en estos días quedó
completamente aliviado. Fernández rechaza las dos comparaciones: recordó ante
periodistas que tiene el plan de escribir un libro sobre estos últimos años y
que él preferiría "no hablar sobre lo que no debo hablar". Al parecer, la mera
mención de ese libro no iniciado aún debería conjurar el eventual paralelo con
Grosso. En cuanto a la comparación con Alvarez, Fernández asegura que la
diferencia reside en que él pretende "defender este proyecto del que he sido
fundador".
Si bien se mira, no es el único que aspira a defender el
"proyecto"…a defenderlo principalmente de los desbordes que asignan a ese otro
lado del ahora incompleto triángulo del poder llamado Néstor Kirchner.
Fernández coincide en esa intención con, por ejemplo, varios gobernadores
oficialistas que vienen reclamando un cambio de actitud del Poder Ejecutivo y un
acotamiento de las funciones cogobernantes que cumple de hecho Néstor Kirchner.
Todos ellos están preocupados por la falta de reacciones adecuadas para atender
los graves problemas que afronta el oficialismo, que habían conducido al jefe de
los senadores kirchneristas, Miguel Pichetto, a hablar de un gobierno "herido de
muerte" y esta semana llevaron al mismísimo ministro de Interior, Florencio
Randazzo, a criticar a la oposición porque mira "cómo el gobierno se
tambalea". El sanjuanino José Luis Gioja cuestionó que Kirchner asigne
tareas propagandísticas a Luis D'Elía; varios mandatarios provinciales se
quejaron por la desastrosa táctica aplicada en la discusión con las entidades
rurales. Y nada menos que Daniel Scioli, gobernador de la provincia de Buenos
Aires, ha insistido en la necesidad de "una autocrítica". Ante sus amigos,
Alberto Fernández elogia con significativo entusiasmo a Scioli.
Si bien Fernández quería evadirse del triángulo antes de que
Kirchner iniciara nuevas guerras que él estima inconvenientes y desgastantes,
también es cierto que aspiraba con su gesto a desencadenar una limpieza del
gobierno, que "liberara y fortaleciera a la presidente", dicen que él dice.
Consiguió el primer objetivo, pero no el segundo.
Los Kirchner aborrecen los gestos que puedan ser interpretados
como signos de debilidad, como concesión a presiones ajenas. De modo que, una
vez más, optaron por reincidir en los equipos que ya estaban en funciones. De
Vido aparece fortalecido y en cuanto a Moreno, lo sostendrán aún algún tiempo,
si bien el propio secretario de Comercio le ha confesado a empresarios que
piensa dejar sus funciones "antes de tres meses".
La necesidad de sustituir a Alberto Fernández promovió
vertiginosamente al joven Sergio Massa, intendente de Tigre y elogiado ex
administrador de la ANSES. Parece evidente que, más allá de los méritos de
Massa, su papel tendrá una jerarquía claramente menor que la del ex jefe de
gabinete. Fernández conocía los secretos del poder kirchnerista desde el inicio;
su reemplazante recién empieza a atisbar algunos.
El primer acto al que tuvo que ponerle el pecho –junto a De Vido
y la Señora de Kirchner- muestra lo poco que piensan en cuidarlo: apenas unos
minutos después de jurar su cargo, Massa tuvo que firmar nada menos que el
proyecto de estatización de Aerolíneas Argentinas, que obviamente no había
tenido tiempo de leer y estudiar. No es improbable que esa estatización tenga
cola. ¿Podrán, por caso, volar al exterior los aparatos de una empresa estatal
de la Argentina o correrán el riesgo de ser embargados por las acciones
judiciales de los holdouts, los acreedores que no aceptaron en su
momento la quita que impuso el gobierno a sus títulos?
Convocado por las condiciones de buen comunicador que se le
asignan, la juventud de Massa parece haber sido la virtud más apreciada por el
matrimonio presidencial. Néstor Kirchner prefiere funcionarios junior, a
los que imagina más disciplinados y obedientes. Es probable que el ex presidente
tenga la idea de operar como primer ministro en las sombras, detrás del sillón
de Massa. En su momento, un motivo análogo motorizó la designación de Martín
Lousteau en Economía.
Precavido, Massa no quemó ninguna nave para ascender a la
jefatura de gabinete: en lugar de renunciar a la alcaldía de Tigre, sólo tomó
licencia y se despidió con un "hasta pronto". La tarea de mediador del mando de
los Kirchner no le resultará sencilla y, a juzgar por los efectos que su
antecesor registra en el físico (kilos de más, canas, ojeras, caída de las
defensas), demanda un notable desgaste de energía. Ese desgaste tiende a ser
mayor cuando las papas queman, como en estos tiempos, cuando los gobernadores
piden autocrítica y correcciones y el peronismo, tanto el disidente (cada vez
más nutrido) como el obediente, se pone en movimiento para evitar que la
conducción kirchnerista lo hunda en un abismo. Y cuando, sin haber cerrado aún
el capítulo del conflicto con el campo, el gobierno debe afrontar los problemas
que ha venido barriendo bajo la alfombra: retrasos tarifarios, excesos en
subsidios, inflación, enfriamiento de la economía, reclamos de las provincias
que han visto caer los aportes y las obras del Estado central.
En los momentos difíciles, el matrimonio presidencial suele
refugiarse en el aislamiento y la actitud romántica o elitista del benefactor
traicionado o incomprendido: divide a los actores de la huidiza realidad entre
enemigos, pícaros, traidores, gente que "todavía no entiende" y gente que ha
dejado de entender. En alguna de esas categorías ubicó a quienes se le oponían o
le pedían rectificaciones en el conflicto del campo. Probablemente se apresta a
hacer otro tanto con los sectores urbanos que le han dado la espalda.
Alberto
Fernández, con su renuncia, ingresó, para la intimidad de los Kirchner, en
alguna de las calificaciones más críticas. Ya se estaba deslizando en esa
dirección cuando, pese a la defensa pública del "proyecto" insistía hacia
adentro en la necesidad de recortar los flecos más agresivos e impresentables.
"No es hora de tibios", advertía Kirchner a través de sus voceros más fieles.
Cansado de guerras y convertido por el matrimonio presidencial en tercero
excluido de la sociedad del poder, Fernández se eyectó.
Jorge Raventos
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