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Panorama
político nacional de los últimos siete días
El gobernador de la provincia
de Buenos Aires, Daniel Scioli, es un hombre que mide meticulosamente sus
palabras. Especialmente cuando habla de temas que pueden irritar la sensibilidad
de la familia Kirchner. Hay que descartar, por lo tanto, que su frase: "Esta
vez el campo tiene razón", haya sido producto de una ligereza verbal o de
una improvisación. Scioli sabe que el matrimonio presidencial nunca pudo digerir
la derrota política que se autoinfligió al embarcarse en una batalla con los
productores agrarios y con la Argentina interior y que no ha resignado su deseo
de "poner de rodillas" al campo.
El propio gobernador
bonaerense, pese a su íntima reticencia, pagó un precio político en 2008 por
haberse mantenido fiel a la confrontativa estrategia impuesta por Néstor
Kirchner, pero avisa ahora que no está dispuesto a repetir la prueba en 2009.
Scioli había marcado hasta ahora diferencias con el gobierno nacional en temas
sin duda importantes, pero a los cuales en Olivos no se les asigna jerarquía
prioritaria: drogas y e inseguridad. Al incursionar en el tema del campo sabe
que se aventura en zona de riesgos, ya que la provincia es financieramente
dependiente de la caja central. Pero es obvio que el gobernador de una provincia
con el peso agro-ganadero de Buenos Aires no puede abstenerse de hablar cuando
el campo, ya golpeado por la intransigencia y las políticas chapuceras del
gobierno central, sufre además el desastre natural de la sequía.
Por otra parte, en el terreno
del cálculo estrictamente político, es posible que Scioli haya llegado a la
conclusión de que su lealtad al gobierno central no era debidamente
correspondida. El gobierno nacional, aunque desconfía de Carlos Reutemann,
parece predispuesto a ayudarlo con vistas a los comicios de octubre porque lo
considera la única carta disponible para evitar una derrota oficialista en Santa
Fé. Y si Reutemann tiene esa posibilidad es, buena medida, por haberse
comprometido con el campo en la batalla de las retenciones. ¿Por qué no imitar a
Reutemann en la provincia de Buenos Aires?
Las entidades rurales, tanto
como muchos dirigentes políticos (inclusive justicialistas) expusieron su
escepticismo ante el viraje de Scioli, que en el mejor de los casos consideraron
tardío o estimaron como una maniobra táctica o un paso "oportunista". Más que
imaginar maniobras maquiavélicas personales, conviene reparar en un
maquiavelismo de las cosas: cualquiera sea el motivo que empuja al gobernador a
diferenciarse, lo que resulta evidente es que la realidad lleva a la
dirigencia del oficialismo que no quiere perder su poca o mucha
representatividad a alejarse de las políticas centrales del kirchnerismo. Cada
día que pasa es más evidente que el peronismo toma distancia de la familia
gobernante.
Otro gobernador, el sanjuanino
José Luis Gioja, que ya adelantó ambiciones presidenciales para 2011, viene de
afirmar que "con los resultados de 2009 deberíamos sentarnos todos los
peronistas a una mesa de consenso y redefinir qué queremos como partido". La
idea de "sentarnos a una mesa" parece una propuesta obvia, ingenua, inocente.
Error: en el universo kirchnerista esa moción es tan corrosiva como el ácido.
Kirchner huye de las reuniones en las que todos se sienten pares. Más
generalmente: huye de las reuniones. El matrimonio no citó jamás un plenario de
gabinete. La propuesta de Gioja supone, en los hechos, discutir el liderazgo
partidario que hasta ahora los gobernadores le reconocen a Néstor Kirchner,
diluirlo en un consenso. Aunque la idea se proyecte hacia después de los
comicios de octubre, difundirla hoy implica discutir ya mismo la conducción.
El espíritu de Fronda que
reina en el PJ brota en múltiples lugares. Gerónimo Venegas es el secretario
general de las 62 Organizaciones, dirigente de los trabajadores rurales y hombre
de estrecha amistad de Hugo Moyano. Muchos observadores atentos de la vida
sindical aseguran que Venegas dice en voz alta muchas cosas que Moyano prefiere
momentáneamente callar. "Néstor Kirchner armó cosas fuera del peronismo que
desvirtuaron su esencia –dice hoy, por ejemplo, Venegas-. Yo pretendía un
presidente del PJ que hablara de los lineamientos del partido. No hay internas
ni las bases participan." ¿Podrá Kirchner designar al próximo candidato
justicialista? Venegas responde con un silogismo: "Si Kirchner fracasa en su
intento de ser candidato, ¿cómo va a tener la fuerza necesaria para imponer a
alguien?"
Venegas –como Reutemann, como
Juan Schiaretti, como los hermanos Rodríguez Saa, como Juan Carlos Romero, como
Carlos Menem, como Felipe Solá, como Eduardo Duhalde, como Jorge Busti- apoyó al
campo en la batalla de las retenciones de 2008 y hará lo mismo este año. Que
Daniel Scioli se incorpore, con su propio estilo, al club de los peronistas que
piden soluciones para los productores agrarios muestra hasta qué punto Néstor
Kirchner ha perdido consenso precisamente en el tema en que ha concentrado su
empecinamiento.
El vacío que Néstor Kirchner
ya empieza a experimentar en el peronismo es muy significativo. En sus días
mejores, él edificó un sistema de poder hipercentralizado, un "Unicato",
confiscando recursos del país y expropiando poder a las instituciones (cámaras
legislativas, gobiernos provinciales y buena parte del sistema judicial); un
dispositivo hegemónico, construido sobre la base del empleo de la caja, el
disciplinamiento estricto, el manejo de la calle y la confrontación permanente.
Ese dispositivo tocó un límite
fuerte cuando, a diferencia de los enfrentamientos del primer período
presidencial (enfocados en sectores vulnerables o debilitados ante la opinión
pública), en la nueva era de bicefalismo, con la esposa de Kirchner en la Casa
Rosada, el gobierno se enfrentó con la cadena de valor agroindustrial, que no
depende de los subsidios estatales, sino que –más bien- los sostiene. A partir
de esa pelea perdida, el peronismo empezó a tomar distancia de una política que
no só perdió el apoyo de las clases medias urbanas, sino que levantó en su
contra a las clases medias rurales y amenaza con aislar al PJ de la mayoría de
la sociedad argentina.
En un partido cuya vida
interna no hubiera sido anestesiada, esas dificultades habrían dado lugar a un
fuerte debate interno, a correcciones de rumbo. Pero puesto que la rigidez es
uno de los componentes centrales del dispositivo kirchnerista, este no puede
flexibilizarse sin riesgos de disolución. Está en su propia lógica interna
confrontar hasta el fin.
Al comenzar 2009, el gobierno
se dispone a afrontar una nueva batalla con el campo: la está provocando porque
busca una revancha. Y por si eso fuera poco, parece procurarse otros frentes de
confrontación: grandes empresas, bancos y medios en los que el sistema
kirchnerista quiere meter la mano.
Debe afrontar asimismo la
debacle social, que ya era visible durante el 2008 ("Desde 2007 para acá el
hambre crece junto a la economía", sentenciaba entonces el diputado Claudio
Lozano); todavía la producción no había sufrido el paráte que hoy experimenta
aún sin haber tocado el centro de la crisis. Las movilizaciones del campo y las
de núcleos industriales como Villa Constitución o San Nicolás son adelantos de
lo que viene.
Jorge Raventos
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