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Martes 26 de Julio de 2005
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Es urgente unir al peronismo
El peronismo es hoy
la única garantía de gobernabilidad en la Argentina. Esta responsabilidad le
exige recrear un proyecto unificador y una conducción legítima, que sólo puede
surgir del voto directo de sus afiliados.
A confesión de parte, relevo de prueba. El presidente Kirchner acaba de
decretar el certificado de defunción del peronismo.
En su criterio, el futuro argentino estará dominado por la puja entre dos
grandes fuerzas: una de centroizquierda, que intenta liderar, y otra de
centroderecha, a la que pretende aniquilar. En ese marco, el peronismo
habría perdido su razón de ser. La discusión acerca de si Kirchner es o
no es peronista ha perdido entonces todo sentido. Porque si alguna vez
lo fue, como algunos todavía creen, él mismo declara que ha dejado de serlo.
Kirchner muerde la mano que le dio de comer. El actual gobierno
promovió la ruptura del Partido Justicialista de la provincia de Buenos
Aires, cuyo aparato partidario le prestó la mayoría de aquel escuálido 22%
de los votos que cosechara en las pasadas elecciones presidenciales del 27
de abril de 2003.
Quien llegó a la Casa Rosada de la mano del compañero Eduardo Duhalde ahora
dice haber descubierto súbitamente que su antiguo protector era nada más
ni nada menos que el "padrino" de la mafia. Si esta acusación fuera
cierta, tendría que renunciar de inmediato.
La decisión estratégica del Gobierno nacional de avanzar en la confrontación
con el peronismo bonaerense marca un antes y un después en la vida política
argentina. Puede decirse que ha volado por los aires la coalición gobernante
instaurada el 25 de mayo de 2003. Con las obvias diferencias del caso, cabe
afirmar que este enfrentamiento presenta sugestivas analogías con la
ruptura planteada en octubre del 2000 a partir de la renuncia del
vicepresidente Carlos Alvarez.
Entonces como ahora, estalló la alianza política que dio origen a un
gobierno constitucional. En aquel momento implicó el comienzo de la cuenta
regresiva para Fernando de la Rúa. Para acentuar el paralelismo entre ambas
rupturas, Alvarez es mencionado ahora como el posible reemplazante del
compañero Duhalde en su cargo en el Mercosur.
En este nuevo escenario, el peronismo está obligado a unirse férreamente
en defensa de su identidad doctrinaria y política, amenazada por un falso
"progresismo" y por un izquierdismo infantil, que busca destruirlo
políticamente para reeditar en la Argentina los trágicos enfrentamientos de
la década del 70. Hoy más que nunca rige el axioma de Perón: Unidad,
Solidaridad y Organización.
Este imperativo de unidad está muy por encima de las diferencias que
circunstancialmente pueden separarnos. El peronismo siempre ha florecido en
la diversidad.
De allí que resulte absolutamente indispensable encarar de inmediato la
reunificación política del Movimiento Nacional Justicialista, que
constituye una condición necesaria, aunque obviamente no suficiente, para la
unidad nacional. Porque, después del estrepitoso fracaso del gobierno de la
Alianza, el peronismo es la única garantía de gobernabilidad en la Argentina
de hoy. Esta gran responsabilidad histórica le exige recrear un proyecto
político unificador y una conducción legítima, la que sólo puede surgir del
voto directo de sus afiliados.
Por tal motivo, y tal como lo propusiéramos públicamente en enero pasado
desde San Luis conjuntamente con el compañero Adolfo Rodríguez Saá, es
urgente impulsar la convocatoria a elecciones internas en el Partido
Justicialista, que le permitan superar su actual situación de virtual
acefalía. Si ese llamamiento hubiera sido escuchado a tiempo, no tendríamos
que lamentar el actual panorama de fragmentación, cuyo punto de
partida se remonta al congreso partidario de Lanús, en noviembre de 2002,
que suspendió las elecciones internas que estaban convocadas y provocó que,
por primera vez en su historia, el peronismo tuviese que concurrir a las
urnas con tres fórmulas presidenciales.
En este contexto, y para intentar revertir su debilidad de origen, el
Gobierno ha resuelto convertir a las elecciones legislativas del 23 de
octubre en un plebiscito sobre una gestión cuyo balance es claramente
negativo.
Durante los diez años que me correspondió gobernar la Argentina dijimos que
haríamos "cirugía sin anestesia". Y cumplimos. Hubo dolor, pero hubo
también resultados. Más allá de aciertos y de errores, recibimos un país
en llamas y dejamos un país funcionando y en marcha.
Este gobierno actúa exactamente al revés. Hace "anestesia sin cirugía". Su
única preocupación no es enfrentar ni resolver los problemas, sino
obtener títulos favorables en las portadas de los diarios del día siguiente.
La cuestión es qué sucederá cuando el paciente, en este caso la opinión
pública de clase media de los grandes centros urbanos, despierte y
compruebe, asombrado, que no fue operado y que, mientras hacía efecto la
anestesia, la enfermedad seguía su curso.
Como se dice vulgarmente, "el pueblo no come vidrio". Mi experiencia en el
campo de la política me permite predecir que, aunque no le vaya
electoralmente tan mal, en el plebiscito de octubre este Gobierno va a
ser inequívocamente derrotado. De una forma u otra, en ese plebiscito la
gran mayoría de los argentinos votará por el "no". El peronismo tiene que
comenzar a prepararse para el día después, de modo de ordenar pacíficamente
la marcha hacia el recambio constitucional del 2007.